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r ir ¡L. wro mwio De la espaciosa couliera central española, que se llama la Puerta del Sol, va á salir un tranvía. Compacta muchedumbre le aguardaj en el sitio de parada; y antes de que se detenga, damas y galanes de diverso aspecto. y variada indumentaria se precipitan, atrepellándose, al asalto. Lector, ¿no te resuelves á imitarlos? Sube, pagaré tu asiento y charlaremos. En derredor del coche, que ya se pone en marcha, pululan, pregonando y ofreciendo con insistencia sus pobres mercancías, varios de esos vendedores ambulantes á quienes San Pedro- -no requería menor santo milagro tal- -convirtió en contribuyentes cuando pasó por la casa de. la Villa. La distancia va amortiguando su disonante vocerío; pero uno de ellos, un muchacho escuálido y desarra pado, no abandona tan pronto la partida, y corriendo cogido al estribo, grita con su voz aguda y chillona: ¡BLANCO Y ÜSTEGEO! ¡BLAKCO Y NEGRO! con tal fuerza de sonoridad, que ya va el coche frente al Suizo, y todavía zumba en el oído y vibra en el cerebro su desentonada canturria: ¡BLANCO Y NEGEO! ¡BLANCO Y NBGKO! ¡Blanco y Negro! He aquí dos palabras escogidas con acierto para dar nombre á un periódico, porque en ambas puede sintetizarse la vida entera. Ellas representan la contradicción, la lucha, el contraste; pero, á semejanza de aquellos dos viejos de que habla en sus notas postumas el insigne Ayala, que aborreciéndose no podían dejar de tratarse, que se buscaban diariamente para salir á paseo, y, ya juntos, callaban ó regañaban, necesitan- una de otra, y no suelen andar muy distantes. Y ¿qué es la vida, caro lector- -en esto hemos de convenir, á poca filosofía que entre los dos reunamos, -sino una serie de repentinos contrastes y súbitas transformaciones? ¿Qué, sino la sucesión, á veces la mezcla de blanco y negro, servida en dosis más ó menos cargadas de uno ú otro color, según la suerte y la resistencia de cada cual? En cualquier momento de la tuya que escojas para comprobarlo, verás los dos colores frente á frente. ¡Blanco! ¡El color de la sencillez y de la alegría, el del azahar y de la azucena, el de la corona de rosas que recuerda la primera comunión, el del primer vestido de baile, el del traje de la desposada, el que simboliza las almas inocentes y las conciencias puras! ¡Negro! ¡El color de las traiciones y las ingratitudes, el de los sombríos pesares y las desgracias sin consuelo, el de las fúnebres ceremonias, el que evoca las severidades de la vida y el que señala su término! ¡Así son la toga del juez j él paño, que cubre el ataúd! ¡Los dos siempre- cferc ános y; én lucha si Ahora mismo, ante mis ojos, andan á la greña el blanco papel y la negra tinta, que al emborronarlo deja en él, prestándole pensamientos é ideas á cambio de Is blancura que le arrebata, la vida que antes le faltaba...