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Días pasados recibí una carta, y después de roto el sobre, me encontré un papel impreso en una ciudad, villa ó aldea que vanamente se buscaría en los diccionarios geográficos. El papel mencionado dice así: Mej nr- Vida, I. de Febrero de 1892. Excmo. Sr. D. Cesáreo Fernández Duro. Muy señor mío y de mi consideración distinguida: Aun cuando separado de V. por más de trescientos años de distancia, esto es, desde 1502, en que yo pasé á Mejor- Vida, hasta 1830, poco más ó menos, en que me dicen que usted llegó á Vida- Terrenal, me creo en la obligación de escribir á V. esta carta para darle las gracias en nombre de mis Eeyes y señores D. Isabel de Castilla, y D. Fernando de Aragón, del obispo D. Juan de Fonseca, del valeroso marino Martin Alonso Pinzón y de otros varios ilustres españoles que me honran con su amistad, y también en nombre mío, por sus generosos esfuerzos en defensa de la verdad histórica, tan desfigurada y maltrecha en lo que V. con razón, ha llamado la leyenda colombina. X ¿e referiré lo que por aquí sucede, para que forme cabal idea de cómo los muertos saben agradecer lo que por ellos hacen los vivos. Paseaba yo, no recuerdo qué día del último Diciembre, por una de las alamedas que embellecen los alrededores de esta magnífica necrópolis, cuando se llegó á mi el sabio D. Martin Fernández de Navarrete, que vestía su uniforme de oficial de la armada española del siglo x v i i i y tendiéndome su diestra mano, que estreché con la mía, exclamó: -i Cómo I- -respondí aterrado; -ahora las faltas que á mi me achacaban se imputarán á mis Eeyes y señores -No, no- -dijo líavarrete- -los defensores de usted han tenido buen cuidado de no dejar sin respuesta las censuras que podían lanzarse sobre los Eeyes Católicos. Aun hablamos un rato el Sr. Navarrete y yo: nos despedimos cordialmeute y me disponía á seguir mi paseo, cuando á los pocos pasos me encontré de manos á boca con el padre Fr. Bernal Buil. Nos sentamos en un banco, y nuestra con- versación fué larga y animada. Me dijo el primer apóstol de las Jndias, que está agradecidísimo al P. Fidel Fita, de la Compañía de Jesús, y añadió: -Yo cumplía con mi obligación amonestando al Virrey de la Española, cuando, á mi juicio, no ajustaba su conducta á preceptos de la moral cristiana; y el docto jesuíta que ha defendido mi memoria, si alabanzas merece como erudito, aun las merece mayores por haber empleado su erudición en destruir errores que se quieren transformar en verdades indiscutibles. Era día de casuales encuentros. Al separarme del padre Buil topé, como antes se decía, con el calumniado navegante Martín Alonso Pinzón. Si el P. Buil y D. Martín de Navarrete rebosaban de alegría al referirme las noticias que hablan tenido de España, Martin Alonso mostraba un mal humor ravano en iracunda furia. -Sea enhorabuena, Sr. D. Francisco; ya ha llegado á noticia de los españoles que usted cumplió fielmente las órdenes de los Eeyes Católicos al poner presos al Gobernador de la Española y á sus hermanos D. Bartolomé y D. Diego Colón. Ya se sabe que es falso lo dicho por D. Fernando Colón en la vida de su padre, puesto que los Eeyes no condenaron la conducta por usted seguida, como lo prueban dos hechos; haberle conservado durante dos años en el gobierno de la isla Española, y haberse dado por bien servidos en el juicio de residencia que le formó el comendador Ovando.