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178 BLANCO Y NKGSO mer cañonazo. Hubo un instante en que pudieron oirse los violentos latidos de aquellos millares de corazones. Después resonó un cañonazo más, seguido de un clamoreo delirante y atronador, que ya no dejó oir los restantes. -Napoleón, asomado á una ventana, ola y contemplaba á la multitud. Testigos oculares han referido que lloraba. ¡Ya el Imperio tenia un heredero! -La adulación habia hecho rápidos progresos desde la Revelación, ya casi olvidada. El heredero imperial fué objeto de una adoración idolátrica, y se vio que los mismos regicidas, á la vez que los representantes de todos los principes de Europa, se inclinaban alrededor de la cuna de aquel niño, que, al nacer, recibió el título de Rey de Moma. Napoleón había decidido que el heredero de su corona seria rey de la ciudad de los Césares antes de ser emperador de Francia. La general y frenética alegría con que recibieron al recién nacido hizo olvidar pronto los terribles detalles del penosísimo alumbramiento y las crueles é interminables horas de angustias que sufrieron cuantos rodeaban á la Emperatriz. La existencia de ésta y de su hijo estuvieron gravemente comprometidas. El famoso cirujano, barón Dubois, que la asistía, tuvo que apelar álos hierros, y el augusto niño vino al mundo sin dar durante muchos minutos señal alguna de vida. Napoleón, inclinado, con inquietud, sobre aquella desdichada criatura, que parecía inanimada, retenía á duras penas una lágrima, que temblorosa iba y venia recorriendo el borde de sus párpados, como buscando una salida que le cerrábala varonil entereza del Emperador. De repente un grito ahogado, un gemido apenas perceptible, inundó su alma de alegría, que se reflejó con extraordinaria viveza en su semblante y en sus ojos. La lágrima, á duras penas contenida, halló salida franca y corrió por las tostadas mejillas hasta caer sobre su pecho, donde iació algunos momentos como la más brillante condecoración. ¡Su hijo vivía! No hay para qué decir que las fiestas con que fué celebrado el nacimiento del Rey de Roma superaron en esplendor y en magnificencia á las más brillantes. Napoleón estaba en el apogeo de su gloria. La villa de París ofreció al nuevo rey una preciosa cuna de plata sobredorada en forma de barco- -alusión á las armas de la villa- -rodeada de figuras alegóricas y cubierta de adornos riquísimos. Los poetas de circunstancias celebraron en competencia aquel otro fausto acontecimiento) Todo presagiaba nuevas grandezas é inacabables bienandanzas. Uno de aquellos vates expresaba su entusiasmo en estos lisonjeros términos: Quelle éclatante destinée I Que de vertus et de grandeurs! Souris, ó mere fortunée Benis tes heurenses douleurs. Préside au jour de sa Naíssance, De la France accomplis les vosux, Minerve, et veille sur 1 Enfance De ce rejetton precieux. Otro, no menos entusiasta, le dedicaba el siguiente expresivo cuarteto Comme l auteur de ses destins heureux, II faut qu ua jour de gloire Tenvironne; Sur nOTis á peine á t- il ouvert les yeux Qu il est chargé du poíds d uae couronne. Desdichadamente, todos aquellos augurios optimistas, todas aquellas hermosas ilusiones, todos aquellos deseos lisonjeros y todas aquellas halagüeñas esperanzas se estrellaron contra la fatalidad y se convirtieron en una de esas terribles euseñanzas que la Providencia nos ofrece de cuando en cuando y que la Historia conserva en sus páginas para recordárnoslas constantemente. Aquel infortunado príncipe, que en medio de tantas alegrías y de tantas grandezas nació peuosamente, como si se resistiera á venir al mundo, presintiendo las decepciones y las tristezas que en él le esperaban, y que siempre se crió enteco y enfermizo, se llamó Napoleón II y nunca llegó á reinar en Francia, á pesar de la abdicación de su padre y no obstante haber continuado la numeración el último Emperador de su nombre; algunos meses antes de la revolución de Julio, su abuelo, el Emperador de Austria, con propósito no conocido, hizo acuñar una medalla que ostentaba su busto y esta leyenda: Napoleón, Francisco, Carlos, José, E B Y DE POLONIA cuyo título no era menos ilusorio que el de Napoleón 11 y que el de REY DE ROMA, con que fué aclamado desde que nació. A propósito de esto, se recuerda una graciosa anécdota. Un día conversaba el joven Napoleón con su abuelo el Emperador de Austria, y apoyándose en sus rodillas, le preguntó con candor infantil: Abuelito, jes verdad que cuando yo estaba en París tenía pajes? -Sí, hijo mío, le respondió, sonriendo, el viejo monarca. ¿Es verdad también que me llamaban n Rey de Roma -Seguramente. Y qué quiere decir eso de Rey de Roma -Sonrió de nuevo el abuelo, y poniéndole la mano sobre los hombros, le contestó con acento cariñoso: Hijo mió, cuando tengas más edad me será más fácil responder á tu pregunta y explicarte lo que deseas saber. Ahora sólo puedo decirte que yo, á mi titulo de Emperador de Austria, uno el de Rey de Jerusalén, sin tener ni haber tenido ninguna especie de poder sobre aquella ciudad. Pues bien; tú eras Rey de Roma como yo soy Rey de Jerusalén El pobre príncipe, á quien en 1818 habían cambiado aquel vano título de Rey de Roma por el de Duque de Eeichstadt conservaba siempre grandes ilusiones acerca de sus futuros destinos. Cuando la citada revolución de J ulio, decia: Debo prepararme para todas las eventualidades; con un nombre como el mío, es preciso que los acontecimientos no puedan sorprenderme. Hemos visto varios retratos de Napoleón I I en diferentes épocas de su vida, y siempre lo pintan teniendo al lado el característico sombi ero de su padre, y sobre su pecho la espada que fué terror del mundo, como está en el que publicamos en este número, y que le representa el día eu que murió- -22 de Julio de 1832- -en el palacio de Schoenbrunn, cerca de Viena, en la misma habitación que ocupó Napoleón I después de la batalla de Wagran, cuando impuso al Austria la paz llamada de Viena y precisamente el mismo día en que, once años antes, tuvo el joven Napoleón noticias del fallecimiento de su padre. En la muerte de éste y en la de su hijo hubo una extraña y fantástica coincidencia. Pocos días antes de morir Napoleón I- -el 2 de Abril- -le dijeron, que durante la noche se había observado la aparición de un cometa en el Oriente. Un cometa! exclamó Napoleón, ese signo anunció la muerte de César, Pocos días antes de morir Napoleón II, un rayó destrozó una de las águilas del escudo de piedra que coronaba la fachada del palacio de Schoenbrunn. Al saberlo el desdichado príncipe, exclamó: Asi morían los emperadores romanos: con señales del Cielo que indicaban la intervención de los dioses. Los retratos que publicamos en nuestro número anterior y en éste, así como la alegoría del nacimiento del Rey de Roma están copiados, con perfecta exactitud, de excelentes grabados de la época. Tl- JLLO TÉLLEZ.