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BLANCO Y NEGRO 169 Desde aquel día Liviana quedó prisionera del delicioso perfume, y ¡Dios la perdone! hizo traición al Jacinto, que la esperaba siempre en otro surco del terreno. Tres días con sus noches hacía que Liviana j Jazmín se amaban. No sólo se habian declarado el uno al otro, sino que habían cambiado largos besos por detrás de las persianas yerdes, con gran escándalo de las virginales Margaritas y de las Amapolas de aquel prado. Al cuarto día, y apuntando la madrugada, Liviana, que tenia su casa muy cerquita, emplazada en la cavidad de un tronco de olivo, acercó su cabeza á la ventana y sacó fuera una patita para ver si llovía. El horizonte estaba cerrado, el agua caía en una lluvia menudita y fina. Grave contratiempo; no tenía sombrilla; ¡no podía salir! Contentóse con mirar de lejos á su querido Jazmín, que muy erguido en su tallo se bamboleaba ligeramente, satisfecho de su figura y colores, bajo las miradas de su bella mariposa. El cielo ceniciento comenzaba á entoldarse de negro. Bajas, humosas, pesadas, las nubes rasgaban el dorso de los montes y descendían hasta la mitad de los declives y cuestas del terreno. En lo alto de un chopo estaba una hoja de atalaya, al viento, y el viento al paso cortóla. Rosas, claveles, lirios, todos se estremecieron. La veleta de una torre vecina, gimiendo, dio la voz de alerta á los pájaros, á las mariposas, á los insectos dorados. Liviana, en medio de aquella obscuridad creciente, del fulgurar de los relámpagos, del estampido de los truenos, del mugir de la ventenera, sentíase traspasada de miedo y no tenía ala que estuviese en sosiego. Miraba hacia el Jazmín, expuesto al temporal, y no sabia qué hacer para darle hospitalidad en su casita del tronco del olivo. El aii- e torcía los brazos de los árboles; la lluvia azotaba las hojas y las flores; en la cañada crecía el torrente; el rayo surcaba en todas direcciones el cielo. Liviana sentía el corazón traspasado al ver á Jazmín doblarse bajo la furia de las cataratas de agua, fustigado por el vendaval, que parecía haber sentado sus reales en aquel prado. De pronto, la mísera flor, que había combatido heroicamente, perdió dos, tres pétalos, y herida rudamente en el tallo, desplomóse en tierra, á la vista de Liviana. La mariposa, entonces, loca de dolor, hizo un movimiento brusco, abrió las alas, y precipitándose en el seno de la tempestad, desapareció arrastrada por el temeroso remolino. Nunca más volvió á saberse de Jazmín y de Liviana. V. L A S T R A Y J A D O