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BLANCO -Pero eso es un disparate; es matar una industria E n cambio, traerá otras ventajas, porque si se encarecen las cerillas, Ya no habrá ningún amanté Qae se envenene con eso. -Pero anulará el progreso Del fósforo de Cascante, Y NEGRO ÉM- tíf, 167 ya que me hace usted hablar en copla. -También dicen que va á estancar los naipes. ¡Valieníe recursol jNo dicen que no hay casas de juego? Pues ¿quién va á comprar barajas? Porque en mi casa, para jugar a l a brisca tenemos una hace dos años y está casi nueva. -Bueno. Proponga usted otra cosa. Lo bueno que tiene el Gobierno es que acepta todos los proyectos que se le presenten. Lea usted los periódicos ministeriales, y verá que diariamente dicen á Jas oposiciones: Propongan ustedes algo que á nosotros no se nos ocurre. ¡Socorrol ¡Salvadnos! -Hombre Si me dieran tiempo para pensar- ¡Piense usted! ¡Piense usted! -Yo. por ejemplo, en vista de que las piececitas oómico- líríco- bailables con piernas al aire dan buen resultado, establecería un centro donde se fabricaran obras para el teatro- ¿Comedias ministeriales? ¡Claro está! ¡Quia! Las silbarían. ¿No ve usted que, á excepción dé Ricardo Vega y Tomás Luceño, no hay u n empleado público á quien se le ocurra escribir una línea con gracia? ¡Qué veo! ¡Se monta él! ¡Luego he costeado un lujo! ¡Bien empleado me- -Y jpor qué no imponen una contribución á los que está! Ahora comprendo por qué dicen que la caridad hien entendida debe empezar l o r uno mismo. se tiñen el pelo? ¡Toma! porque entonces nadie se le teñiría, y alcabo de un mes todos calvos, ó por lo menos todos canos. -O una contribución sobre los cuellos postizos. -Saldrá la moda de ir sin cuello. -Ó sobre las botas de charol, -Las usaremos sólo de becerro. -Ó un impuesto á los jugadores de lotería. ¡Quiá, hombre! El Gobierno juega de buena fe. E l juego es libre para él. -Y ¿por qué no imponen tributo á los que escriben odas al sol y á la luna? -Porque las escribirían á los demás planetas. ¡Si á esos poetas astrólogos no hay quien los ponga á raya! -Pues, francamente, no veo quién imponer nuevos tributos. Eso mismo le sucede al Gobierno. Así es que el camino más corto es aumentar los que ya se pagan. -Y ¿qué va á ser de nosotros? -Haga usted lo que yo. Ahora voy á buscar un destino, y luego buscaré una novia americana. Me caso con ella, y sin necesidad de salir de España, cobro como si estuviera en Ultramar. -Fues entonces, otra cosa puedo hacer yo. Envío mi mujer á Filipinas y hago que me la vuelva á bautizar el Obispo de Cebú y que me la devuelva. -O hace usted venir al Obispo de Ceba á España. -O que me la bautice un capitán general que haya estado en Cuba. ¡También! Si la cosa se reduce á que haya algo de Ultramar por medio- -Pues entonces si que le digo que se nivelan los presupuestos. ¡Vaya si sé nivelan! MAJÍÜEL MATOSEa