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os dos memorables acontecimientos liistórioos que recuerdan las fechas del 13 y del 20 de Marzo, correspondientes á, a Efemérides de este número y del próximo siguiente, hállanse tan perfecta é íntimamente enlazados, que el relato del segundo ha de ser, por notable coincidencia, natural continuación del de hoy. Napoleón I aquel hombre extraordinario, aquel coloso, que en poquísimos años consiguió hacerse admirar y temer, á un tiempo, del mundo entero, derrocar monarquías y fundar imperios, jugar con las más augustas instituciones, con los derechos del pueblo y con los derechos divinos, con las asambleas nacionales y con el cetro espiritual de San Pedro, cerrar el Forum y el Quirinal, resucitar en su persona á Carlomagno en el siglo xix, Romper el áureo cetro de los reyes En su espantada frente á las naciones como dijo el inspirado Donoso Cortés, y realizar, en fin, sus más atrevidos proyectos y sus más extraordinarios antojos, veía con desesperación pasar el tiempo sin conseguir que se cumpliese su deseo más vehemente, la aspiración constante de su vida: tener un hijo, heredero de su nombre y de su trono, de sus glorias y de sus conquistas. Una mañana. agitado, nervioso, luchando con los más encontrados sentimientos, dirigióse violentamente á su piimera mujer, la infortunada y bondadosísima Josefina, exponiéndole, con acento terrible, que su familia, sus ministros, sus consejeros, todo el mundo le hacía presente la necesidad de otro matrimonio, que le diese sucesor legítimo, en bien del pueblo cuyos destinos regía. ¿Qué dices tú de esto? ¿Será posible? Eesponde: ¿qué dices? -repetía aturdidamente Napoleón, presa de la agitación más espantosa. Josefina, que había escuchado en silencio, procurando o- iultar su emoción y aun contrayendo penosamente los labios para fingir una débil sonrisa, respondió por fin, con voz temblorosa y apenas perceptible: -Si tus hermanos, tus ministros, todo el mundo está contra mí, y yo no tengo más que á ti para defenderme, ¿qué quieres que diga? ¿Tú no tienes más que á raí para defenderte? -gritó Napoleón con su natural impetuosidad. -Pues bien, tú triunfarás de todos. Cuatro años después, el 15 de Diciembre de 1809, Napoleón, ante el consejo de familia, leía con voz firme y tranquila un extenso discurso en que manifestaba las razones que tenía para decidirse á disolver y anular su matrimonio, y Josefina pretendía, infructuosamente, leer entre sollozos mal comprimidos la convenida, ya que no conveniente, respuesta que le habían escrito para tan violenta y penosa ceremonia. Al año siguiente, el día 13 de Marzo, María Luisa, Archiduquesa de Austria, hija mayor del emperador Francisco I después de haberse casado, por poderes, con Napoleón, representado por el archiduque Carlos, salió de Viena para unirse á su esposo, que la esperaba á pocas teguas de Soissons. El barón Meneval, en sus Recuerdos históricos, al referirse á este viaje, describe en los siguientes términos la interesante figura de la nueva Emperatriz: María Luisa estaba en todo el esplendor de su juventud y de su belleza; su cuerpo era de una regularidad perfecta; su semblante hallábase animado por el movimiento del viaje y por la timidez; finos y abundantes cabellos de color castaBo claro encuadraban su rostro fresco y simpático, en el que brillabau con expresión encantadora unos ojos azules llenos de dulzura; sus labios, un poco gruesos, recordaban el tipo de la familia reinante en Austria; toda su persona respiraba candor é inocencia, y aunque no era gruesa, un agradabilísimo embonpoint, que no conservó después del nauimiento de su hijo, demostraba su salud excelente. Lamartine ha dejado también un bellísimo retrato de María Luisa, escrito en su Historia de la Restauración. Era- -dice- -una hermosa joven del Tirol, con el rostro matizado por la blancura de sus nieves y por las rosas de sus valles; los ojos azules; rubios los cabellos; el talle flexible y esbelto; la actitud rendida y desmayada de esas germanas que, al parecer, tienen necesidad de sostenerse apoyándose sobre el corazón de un hombre los brazos admirablemente esculturales, blancos y largos, cayendo con graciosa languidez sobre la falda muda su lengua; llena su alma de ecos extraños; naturaleza sencilla, romántica, encerrada en sí misiíia, hecha para el amor doméstico en un hogar tranquilo y en el destino obscuro de una posición humilde ó modesta. El segundo matrimonio de Napoleón fué c -lebrado coa fiestas espléndidas y brillantps diversiones púbhcas, en que nada faltó del obligado programa de los regocijos oficiales. Conciertos y bailes públicos, fuegos artificiales, distribución de limosnas y repartos de dotes, bonos, etc. Algunos poetas cantaron en todos los tonos el fausto suceso y obtuvieron uña gratificación de 100.000 francos, que el Emperador hizo repartir entre ellos como recompensa por sus himnos y por sus alabanzas. El pueblo asistió á los festejos complacido y admirado, aunque la mayoría no simpatizaba con la nueva Emperatriz y continuaba fiel al recuerdo de la esposa repudiada, tanto por agradecimiento á sus bondades, cuanto por compasión á su desgracia. No faltaron, como es de suponer, espíritus pesimistas y agoreros que, recordando los tristes frutos de la alianza de Luis XVI con otra archiduquesa austríaca, vaticinasen nuevos desastres y próximas desdichas. Se recordaban los luctuosos dias de 1792, después de las locas alegrías de 1770; se traia á la memoria el poco interés con que aquella ccextranjeraia miraba los intereses de Francia la simpatía mal disimulada con que veía los de sus compatriotas enemigos de la nación francesa, y aun el apoyo que prestó á los extranjeros en sus empresas contra ella; se evocaban recuerdos que hacían notar extrañas analogías, y, por último, la superstición vino á dar mayor fuerza á aquellos tristes augurios y á aquellas fatídicas predicciones. Las fiestas del casamiento de María Antonieta fueron dolorosamente turbadas por una catástrofe espantosa. Algunos centenares de curiosos muñeron ahogados ó pis toados en medio de un pánico popular. Las íiestas del casamiento d i Maria Luisa fueron también entristecidas por un incidente parecido. El Príncipe de Schwarzenberg, Embajador de Austria, dio un gran baile en su magnifico hiitel para celebrar las bodas de la hija de su Soberano. A media noche se declaró un violentísimo y voraz incendio en el mismo salón leí baile, que, como todo el palacio, quedó destruido en pocas horas. Muchas personas perdieron la vida, entre ellas la suegra del Embajador, que como loca buscaba á su hija á través de las llamas; otros muchos nobles invitados sufrieron graves lesiones, y la familia imperial corrió gran peligro, teniendo el mismo Emperador que sacar del salón en sus brazosá María Luisa. Aunque no se cumplieron punto por punto las predicciones de los pesimistas, y no fué tan trágico el tín del audaz Emperador como el del bondadoso Rey, acaso fué más cruel y doloroso su infortunio. Quizás él mismo hubiera preferido morir pública y aparatosamente en el calalso, entre el ruido de las armas y los gritos del pueblo, á morir obscura y silenciosamente en la árida y solitaria roca de Santa Elena. La caída del coloso produjo contrarios é inexplicables efectos en aquellas dos mujeres que habían compartido su época de poder y de grandeza. La esposa ofendida y repudiada, al tener noticia de la abdicación d l Emperador y del deseo que sus enemigos manifestaban de enviar e á la isla de Elba, dio muestras de sincero dolor, y derramando lágrimas abundantes, exclamó, dirigiéndose á su hija la Reina de Holanda, abuela de Napoleón I I I ¡A y Horvensia! Mandan á mi pobre Napoleón á la isla de Elba Si su mujer no existiera, yo iría á encerrarme con él en su prisión María Luisa, en cambio, permaneció insensible ante aquella gran desventura; resistióse á seguir á su esposo, y habiendo nombrado caballero de honor para su custodia y vigilancia, al general austríaco Conde de Niepperg, que al perder un ojo en la guerra no había perdido su varonil hermosura y su gallarda presencia, no tardó en prendarse de él, apresurándose á tratarle como á esposo, mucho antes de que su marido dejara de existir. Y, cuando esto ocurría. Napoleón, á la vez que recordaba las acusaciones no justificadas que se habían dirigido contra el honor de la desdichada Josefina, decía á Gourgaud y á Montholons que voluntariamente participaban con él las amarguras de la cautividad: 4- Est d persuadidos de que la Emperatriz no hace ningún esfuerzo para aliviar mis males, por estar rodeada de espias que la impideo- saber las humillaciones y tormentos que me hacen sufrir, porque María Luisa es la virtud misma. f TELLO TELLEZ.