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BLANCO Y NEGRO 153 porque había mordido ya al alcalde, al juez municipal, al cura y á otras siete personas del vecindario. Y un primo del difunto decía, con mal contenida emulación: ¡Pobretico! La verdad es que ha muerto; pero también puede decir que se ha divertido. Cuando veo á esos nenes pequeñitos que apenas han roto á andar, vestidos de máscara y aburridos, me indigno contra los padres. Si es niña, suelen ponerla falda co n cola para que vaya tirando la pobre ehiquitiná, sobre no poder apenas tenerse en pie. Y para que luzca el traje, la obligan á andar hasta que no puede más la pobrecita. Si es niño, le cargan con espada ó le ponen espuelas si el vestido y la verdad indumentaria lo exigen. Y los infelices niños lloran, ó enferman tal vez á consecueneia de la diversión del día. De la diversión paternal, porque ellos no se han divertido ni mucho menos. Si protesta la víctima de la fantasía ó fantesía paterna, le amonestan diciendo ¿Una niña (ó un niño) tan bonita (ó tan bonito) y llorar? Los niños son para andar y no para ir en brazos: ande usted ó le doy una docena de azotes. Porque hay padres para todo, y, en cierta edad, todos los actos de la vida nos los ameaizan con azotes. (Observarán ustedes que me coloco en el lugar délos niños; no es tanto por la edad cuanto por no colocarme entre los padres que azotan á sus hijos. ¡Pobres mascaritas! Si ellas pudieran, pedirían la supresión del Carnaval, no pudiendo ó no atreviéndose á pedir la supresión de los padres caprichosos y alegres y carnavalescos. ¡ü n guerrero llorando! ¿Qué dirá la gente? ¡Una señorita que se tira al suelo! Guardia, venga usted y llévesela á la Prevención. Y el guardia, aceptando por benevolencia el papel de espantachiquillos, ahuecando la voz dice: ¡Allá voy yo y me la llevo! -Ven, te limpiaré la nariz. Y de pasada le da un tirón al niño la mano maternal, que en poco está el no dejarle sin nariz al angelito. Viendo el espectáculo de la infancia en sus primeros pasos vestida de máscara, pediría la supresión del Carnaval. Cuando los niños pueden ya jugar á las mascaritas y se dan cuenta de la diversión, lo admito, por más que humilla un tanto á los nenes no afortunados. Recuerdo que en el Prado, el martes de Carnaval decía un niño, como de ocho á nueve años, primorosamente vestido de casacón, á otro chicuelo de igual edad, descalzo y mal vestido ó- v mal desnudo, que se acercó para examinarle de cerca ¿Qué quieres? -Verte, ¿ó no eres para mirao? ¿Y tú? -preguntó el mascarita. -Ya lo creo ya ves, también voy vestido- -contestó con cierta altanería, mientras chupaba una colilla, para echar humo, el muchacho. ¿De qué? -Pues de brusa y fumando, y tú no fumas. Era la venganza del pobre, que creía así despertar la envidia del afortunado. Pero como éste no apreciaba aún las delicias que puede proporcionar el tabaco, respondió: -Ni tú comes dulces: mira. Y le enseñó una cajita con bombones. El muchacho vaciló un momento. Después, de repente, echó mano á la caja y salió con ella á la carrera, gritando: ¿Y ahora, como dulces? -Chico, granuja, trae esa caja- -repetía el niño del casacón, cuasi llorando. Y el otro, cuando ya estaba á buena distancia, replicó: -Adiós, primo; ¿quieres algo para el pueblo? EDUARDO DE P A L A C I O