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BLANCO Y NEGRO 137 minado, y que igualmente el pelele era arrojado al suelo y prendido faego en alegre pira, á la que hacían acompañamiento locas carcajadas y bajas exclamaciones de la concurrencia. Será esto cierto, y no lo dudo; pero no lo es menos que, animado por semejante relato, corrí el año pasado á ver en persona el espectáculo, y lo que vi no fué sino una grande y escandalosa orgia, donde cada enmascarado ocupábase más en poner el fondo de la bota hacia el cielo, que en señalar los tildes y puntos á la tradición. Lo que yo vi va á sa, berse, y á quien le ocurriera dudar de mis palabras, el próximo miércoles puede comprobar lo que digo, y rebatir lo que en bien le viniere y lo que creyese falto de exactitud y mal dado de cor lorido. Es lo cierto, que á eso de las tres de la tarde un inmenso gentío llenaba los comienzos de la calle Mayor, y en medio de la espantosa algarabía, unos hombres á pie, otros sobre burros, y algunos vestidos de máscara, adelantaban en dirección de la calle de Toledo, mostrando en unos palos que en alto llevaban grandes sartas de rosquillas, pedazos de salchichón y enjutos bacalaos; que se daban de golpes y encontronazos, y que eran como lá señal de que el objeto de la fiesta, antes que el del entierro, era el de la agradable merienda; y á confirmar venían estas razones los repetidos tragos que los acompañantes y demás albacéas metíanse entre pecho y espalda, sin cuidarse gran cosa de la gente que les veía alzar escandalosamente el codo y quedar como en éxtasis mirando los mundos siderales. Engrosado el río cada vez con mayor número de afligidos que acudían al entierro, bajó éste por la calle de Toledo, y atrás fué dejando tiendas de ropas hechas, boticas de raquítico aspecto, funerarias llenas de ataúdes y flores contrahechas, comercios de ultramarinos, alpargaterías, fraguas donde los martillos y el yunque marcaban compás al concertante de la grandiosa fiesta, puestos de legumbres, mercados, barberías, y de todas partes salían personas á presenciar el cortejo, animándose con las carcajadas de los unos, el gritar desesperado de los otros, y con la invasión de chiquillos, ¡que ahora sí que pecaría de apasionado diciendo que no tenían derecho á llevar vela en el entierro! u n a vez pasada la Puerta de Toledo, y andado un buen trecho cuesta abajo, torció la comitiva á la izquierda, y el Canal la recibió en su inmensa pradera, donde diseminóse la gente en todas direcciones, agrupáronse las familias y convidados, y la merienda dio principio al son de las guitarras, gaitas y bandurrias con que amenizaban algunos la comida. Carros cargados de viandas y engalanados con paños de colores hacían- veces de tiendas, y la parte trasera del vehículo era la fachada por donde los dueños expendían sus artículos entre el concierto de gritos y pregones. Mientras tanto, el gallego soplaba en la sonora gaita, el andaluz rasgueaba la guitarra, el vascongado entonaba el zorcico, y las parejas daban vuelta en torno de los músicos, ya bailando la clásica muñeira, ya el atronador fandango, bien la polca chulesca, ó un desfigurado rigodón puesto sobre el tapiz por gente de medio pelo. Pregonaba el tendero, el muchacho reía, la vieja alegraba un momento el ánimo, la joven cuchicheaba y reía con su novio, y la pradera era un inmenso hervidero de seres humanos que se despedía de las fiestas de Carnaval para entrar en la época de los sermones, de las vigilias llenas de laticinios, y de las ceremonias donde abundan golpes de pecho y letanías Después de lo apuntado, aseguro que no vi más de la tradicional costumbre. El crepúsculo cayó vago y lento sobre la muchedumbre, ya de regreso á la capital; empezaron á verse brillar las ventanas y balcones de los lejanos edificios, plañeron las campanas en las iglesias, y pronto no quedaron en el lugar de la fiesta sino la arboleda solitaria, la planicie desnuda de gente, y el palpitante y apiñado lechó de estrellas, copiado en las fantásticas profundidades del río. SALVADOR R U E D A JifiKM