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Juro que hoy me propongo hablar de aquello de que no estoy cierto, y perdóneseme que tan de golpe suelte semejante afirmación. E s cosa para mi todavía no averiguada eso del entierro de la sardina, donde no hay tal entierro, ni sale á colación tal sardina; y creo yo que ojos de lince ha de tener el que en nuestros dias vea la tradición según y como la indica el título antes expresado. Cierto es que soltando el hilo al pensamiento y dejándole volar hacia tiempos pasados, el epígrafe en cuestión, 6 más bien su eufonía, hace despertar en mi imaginación cosas que fueron, tales como escenas de majos y manólas, donde pienso ver á la nobleza española degradarse y confundirse con el pueblo en sus ruidosas fiestas; cuadros de los que plumas picarescas tomaron ambiente para sus animadas descripciones; tipos y costumbres que dieron al fresco pincel de Goya y á la pluma de Kamón de la Cruz líneas con que fijar en el papel y en el lienzo nada menos que la faz de todo un borroso siglo; pero, á pesar de eso, es lo positivo que nada en concreto dice la poesía que en mí despiertan los recuerdos de antiguas costumbres y nada, por lo tanto, ofrece que digno sea del tema que hoy me propongo tratar. El entierro de la sardina lo he presenciado jo mismo, y aseguro, aunque lo he visto, que no es fácil compaginar ni dar armonía á un cuadro que tenga como punto principal lo que tan vagamente canta la tradición. Dice Mesonero Romanos, lo cual hace creer que e l fué testigo de ello, que el miércoles de Ceniza, día en que todavía hay máscaras en Madrid, detrás de unos hombres que entre la muchedumbre abrían paso bailando hacia atrás, iba un grotesco ataúd, dentro del cual un pelele tendido á la larga enseñaba por la boca una manoseada sardina, que, una vez llegada la gente á la pradera del Canal, era arrojada á un sitio deter-