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13 Ó BLANCO Y NSGRO versos maravillosos y con su prosa poética y encantadora. de Mirecourt lo dijo en una cariosa biografía de Lamartine: Parece- -escribía- -que los poetas se empeñan hoy en desprestigiarse á los ojos de sus admiradores, pues por una tenacidad incomprensible desoiendeu de su trono de gloria y corren á perderse y á hundirse en el derrumbadero politice. En vano se les grita ¡Cuidado! Sordos á todos los avisos, ciegos para todos los peligros, dirígense de frente al precipicio, ruedan hasta el fondo y si logran alguna vez levantarse, se levantan sin su corona dé laurel. Lamartine, que era un gran poeta, se empeñó en ser político, y lo que era más grave y más imposible, se obstinó en hacer poesía en la política. Aimer, pcier, chanter: voila toute ma vie, había él escrito. Amar, rezar; gaíitar, esa era la vida del poeta: Odiar, blasfemar, rugir, esa tenía que ser la vida del político. Por eso, cuando subía á la tribuna, sus colegas decían por lo bajo: Vamos á tener rñúsica. Por eso, cuando se dirigía al pueblo, el pueblo sin haberla oído, repetía aquella frase de los diputados. Lamartine, arrastrado por su imaginación poética, alhagó ideas y pasiones que luego quiso contener, sacrificando inútilmente su repeso, su popularidad, su posición y hasta su nombre. Aliado con los incendiarios, cuando vio que el incendio estallaba, quiso hacerse bombero. Recordamos algunas anécdotas de la vida de Lamartine, que son verdaderamente curiosas. A los diez y ocho años viajó por Italia, cuyos caminos, por entonces, estaban poblados de bandidos. Eran sus compañeros de viaje un tenor que iba á debutar en el teatro de San (Jarlos, en Ñapóles, y un sobrino del tenor, hermoso adolescente de la misma edad que Lamartine. Pronto trabaron íntima amistad los dos jóvenes; hablaban, reían y dormían en el coche, permitiéndose mutua y alternativamente que sus hombros les sirviesen de almohada. Llegaron áEoma, y se hospedaron en la misma posada. Al siguiente día, el joven viajero despertó á Lamartine, llamando á la puerta de su cuarto: vistióse el poeta precipitadamente, abrió, y un grito de asombro se escapó de sus labios. El sobrino del tenor era una hermosísima y elegante muchacha, que al llegar á Soma había vuelto á vestir el traje propio de su sexo. La ropa no cambia el corazón- -díjole la joven ruborizándose al verlo- -pero sí os diré que ahora no os he de permitir que durmáis como ayer sobre mi hombro No recordamos en este momento quién ha dicho que Lamartine era el poeta de las mujeres, Víctor Hugo el de los artistas, y Musset el de los jóvenes. Las mujeres, efectivamente, mostraron grandísima predilección por Lamartine, que, á más de la hermosura de sus versos, tenia la belleza de su persona, y consiguió ser amado por muchas y admirado por todas. Nunca abusó, sin embargo, de aquella admiración ni de aquellos amores, siendo, por el contrario, tan circunspecto, y en ocasiones tan tímido, que dio ocasión á esta epigramática frase de un ingenioso periodista: Lamartine es un sultán que no tiene pañuelo. Pero si fué siempre tímido con las mujeres, nunca lo fué con los hombres. En Florencia se batió valerosamente con un terrible coronel que quiso vengar á sus compatriotas de las ofensas que el poeta les había mferido en el Último canto de la romería de Ilarold. Lamartine recibió una estocada que le tuvo mes y medio luchando entre la vida y la muerte. En París, siendo jefe del Gobierno, demostró un valor cívico admirable, conteniendo con su tranquilidad y su firmeza, y subyugando con su prestigioy su palabra, á las turbas revolucionarias. En 1849, Lamartine publicó unos versos, zahiriendo al ya citado Alfredo de Musset y llamándole, entre otras cosas, (íEnfant aux hlonds cheveux, jeune homme au cosur de cirey no obstante estar ya muy cerca de los cuarenta años aquel otro no menos célebre poeta. -Musset contestóle con un epigramático soneto, cuyos últimos versos, en que relataba las cosas que se iban, decía así: Les rois, les dieux vaincus, le Tiasard triomphant, Rosalinde et Suzon, qui me trouvent trop sage, Lamartine v lli qui me traite en enfantj La malquerencia de ambos poetas por estas y otras análogas futilidades, duró hasta la muerte de Musset. Lamartine, que tenía un corazón honrado y generoso, descubriéndose ante su cadáver, escribió lo siguiente: Sólo después de su muerte prematura he abierto sus libros, antes cerrados para mí, y he leído, al fin, sus poesías. ¡Ah! leí éndilas cuanto he acusado á la suerte que me privó de apreciar cuando vivía, á aquel poeta insigne! ¿Por qué no le conocí antes ¡Oh, Musset! Perdóname, yo no te había leído entonces. -Si te hubiera leído, te hubiera dirigido la palabra, hubiera estrechado tu mano, te hubiera pedido tu amistad ü n detalle curioso. Lamartine no usaba tintero. Así lo dice Alejandio Dumas (hijo) refiriendo una visita que le hizo cuando vivía en un modestísimo cuarto de la callé de la ViUe- l Évéqüe, en el fondo de un patio. El cuarto apenas tenia más que una habitación, verdadera habitación de estudiante, en que no había más que la cama, donde jugaban unos perros, y la mesa donde Lamartine escribía. Sobre esta mesa, de roble, el poeta había derramado y esparcido una poca de tinta, que tomaba picoteando acá ó allá con la pluma, como un pájaro con el pico. Y ahora una nota cómica pira terminar. Como nuestro inmortal Quevedo, Lamartine tenía unos pies deformes; pero al contrario del satírico escritor español, no podía sufrir que se le hiciese la más indirecta alusión á la fealdad de sus pies. Quevedo, retratándose en un graciosísimo romance, decía: En un pié tengo nna falta EesuUas de un quid pro qub, Que el medidor de la tela En él corta la dejó. Lamartine rechazó un retrato que había mandado hacer á Couture, porque este artista copió sus pies con toda exactitud. El esoultbr judío Adam Salomón hizo una pequeña estatua del poeta y le puso unos pies imperceptibles. Lamartine le visitaba, después con mucha frecuencia. Si el escultor no pone aquellos pies en la estatua, el poeta, que era extraordinariamente presumido, es seguro que no hubiera vuelto á poner los suyos en el taller. TELLO TÉLLEZ.