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BLANCO Y NEGRO y otras tantas tuvo que taparse el encendido rostro con una chuleta de ternera. Efecto del mucho vino que se consumió, los comensales y bebensales más bullangueros empezaron á tirotearse con huesos de aceitunas, y acabaron por arrojarse los platos á la cabeza Gracias á que la tenían perdida, que si no, se divierten. Total: cada cinco minutos una bronca superior. Después de servir á los invitados más distinguidos sendas tazas de un líquido que denominaban café y á mi me pareció aceite de hígado de bacalao. el maestro de escuela (que no había almorzado desde la revolución de Septiembre sacó los pies de las alforjas. y á instancias del párroco lució su don privilegiado de imitar con la voz á todos loa animales conocidos. Éemedó al perro, al gallo. al recaudador de contribuciones, á la rana y al besugo. Después imitó á varios vegetales, sobresaliendo en el suspiro de la hierbabuena y en el estornudo de la remolacha; y, finalmente, la emprendió con los minerales remedando, con el vientre nada más. una disputa entre el cristal de roca y la piedra pómez. felicitamos al imitador, y el desorden volvió á reinar en la cuadra, repitiéndose las broncas con alarmante frecuencia. Acordóse entonces el novio de que aún no había visto mi regalo, y subido en una silla, habló de esta manera: -Atención, bárbaros, que voy á desatajjar el oseqnio que me traen de los lladriles. ¡Que se vea! ¡que se vea! -gritaron unas cuantas voces rústicas, recién veladas por el mosto, aun cuando estaban cerradas las velaciones. Bartolo sacó del bolsillo mi cajita de cartón, la quitó la tapa, y ¡horror! el contenido era una dentadura postiza. J 51 asombro fué genera y en cuanto á mí, calculen ustedes el efecto que me haría tan inesperado chasco. Un cambio de cajas al salir de Madrid fué, sin duda, la; causa del; contratiempo. Como Bartolo no tenía dientes naturales, muchos convidados tomaron á broma mi obsequio pero el agraciado se indignó; en vano quise darle explicaciones; me insultó, le pegué, se armó nuevamente una bronca monumental, y tuve que saMr á escape de Valderredaños, temiendo morir de una bronquitis. A los dos días recibí una carta de mi tia Emercnciana, cuyo primer párrafo decía así: llevaran. Entre ellos, recuerdo una cómoda de palo de santo, un paraguas de cañamazo, dos pares de Hgas escandinavas y un espejo tan claro, que al mirarse uno la cara en él, se veía cualquier cosa menos la cara. Entregué á Bartolo mi regalo, y no tuvo tiempo de descubrirlo, porque el almuerzo estaba ya en la mesa, y un pelotón de gentes nos empujó hacia el comedor, improvisado en una cuadra espléndidamente tapizada de verde follaje, adorno que distraía mucho á ciertos convidados, quienes con frecuencia dejaban la mesa por acudir á la pared. El se componía de tres platos suculentos, á saber: 1. Pellejos; 2. Huesos; 3. Piltrafas. Todo ello procedente de una res asesinada ad Iwe, y tan bien condimentado, que hubo qui en, no satisfecho con chu arse los dedos de gusto, se los chupó tambiéa al vecino de al lado. Imposible seria referir las barbaridades que en la mesa se dijeron acerca de la boda y de sus consecuencias Baste decir que la Pacorra se ruborizó seis veces durante el almuerzo. i Querido J u a n Mucho me ha extrañado la dentadura que me has remi tido en cumplimiento de mi encargo. Me la he metido en la boca, y me cuesta mucho t r a b a j o mascar con ella. Algunas voces la contemplo, y más me parece una botonadura que otra cosa. ¿Qué demonios me has mandado? JUAN PÉREZ ZÚÑIGA.