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EL REGALO DE BODA -Miá que si me desairas, en toíta la vida te volvemos á hablar, ni yo, ni naide de la familia. Con esta terrible amenaza, cuyo cumplimiento me hubi era resultado muy agradable, se despidió Bartolo de mí cuando vino de Valderredaños á invitarme paraque asistiese á su próximo enlace con la Pacorra, la hija del tío Boliche. No había más remedio que comprarle cualquier friolera y hacer el sacrificio de llevársela. Yo hubiera, adqüjirido el regalo en al Fin de siglo de la Carrera. de San Jerónimo; pero allí sólo se encuentran ob, jetos de exquisito gusto, y yo necesitaba una chuchería muy cursi. Me dirigí, por lo tanto, á la Plaaa Mayor, en algunas de cuyas tiendas lo mismo le venden á usted un revólver de seis tiros que unos pendientes de coral. ¡Qué magnífica botonadura de hueso le compré á Bartolo por dos pesetas! tlpgó el día de la boda. me ramo de azahar en él vientre, por la parte de afuera. El novio, á pesar de quelé faltaba la mayojia de los dientes estaba deslumbrador. Vos platos soperos, á guisa de botones, cubrían su rizada pechera, y. una cadena de donblé manchego se columpiaba sobre su flamante chaleco de color de bellota malhumorada. Como es natural, multitud de bichos, atraídos por el brillo de aquellas joyas y no teniendo otra cosa que hacer, iban revoloteando en derredor de Bartolo hasta que cegaban y caían inertes sobre la areBa, interrumpiendo el paso de la comitiva. El padrino era un tío de la novia, médico de Pacotilla (provincia dé Teruel) que iba. correctamente Vestido, pero con una capa que apenas l. e, llegaba á los hombros, y la madrina (madre del novio desde que éste era pequeño) marchaba al lado de su hijo, quitándole las motas de la chaqueta y limpiándose con ellas las lágrimas que de vez en cuando se asomaban á sus ojos para ver, sin duda, lo que pasaba por la calle. yDespüés de despachar unos encarguillos para mi tía Emerenciana, la dé Mataporquera, me metí en el bolsillo el obsequio destinado á Bartolo, y emprendí el viaje á Valderredaños. 8 ólo usé como medios de locomoción el ferrocarril, la diligencia, el carro, la barca, el jumento y el coche de San Francisco, y llegué todo desvencijado á mi pueblo, tan á punto, que en aquel instante salía el cortejo nupcial de casa de Bartolo con rumbo á la iglesia. ha Pacorra estaba espampanante de puro guapa, con muchísimos polvos de arroz en las mejillas y un enor- La seña Tiburcia era la figura más i n t e r e s a n t e para mí, pues habla pasado en mi casa muchos años. Ella fué mi nodriza, después de haber amamantado á mi padre y á no sé cuál de mis abuelos, y no es extraño que aquel solemne dia, la pobre mujer, en su afán de complacerme, se multiplicara, se sumaía, se restara y dividiera. Tras los padrinos y los novios acudió á la parroquia el pueblo en masa, y la- ceremo- nia. de la cual estaba encargado D. Casto de Castro, ex capellán castrense, resultó en extremo conmovedora. La epístola de San Pablo fué muy; aplaudida por los concurrentes, hasta el punto de haber quien pidiera la repetición de su lectura. Las arras, que eran trece monedas de cinco duros (falsas casi todas) las había facilitado el Alcalde; y el sí quiero de rúbrica- entre los contrayentes nos pareció á todos tan de ley como las arras. (Allá ellos. A los desposorios siguieron los abrazos, los besos, las felicitaciones y los sollozos, con tal confusión, que no sabía uno á quién besaba, y a l o mejor se encontraba uno sin querer en los robustos brazos de una labradora, ó recibía por equivocación dos tiernos ósculos del juez mnnicijpal en mitad del cogote. Parecía el templo un valle de lágrimas. TTíias c (5 nTÍdadas lloraban. á gritos; otras le hacían pucheros en siléiitío al concurrente más; próXimo. Basta yo estuve á punto de llorar, pero no me decidí. Desde la iglesia íuimos- al hido nupcial, que estaba cóiiio una tacita de plata Meneses. ¡Qué regalos había allí expuestos! (Expuestos á que se los