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BLANCO Y NEGRO 103 A pesar de ese completo y voluntario parecido, Ricardo Calvo tiene, en cierto modo, personalidad propia. E n mi concepto, tiene tan claro talento como el malogrado Kafael, y á falta de la nbta briosa y brillantísima que ué el rasgo más saliente de aquel actor, posee una naturalidad que aquél no tuvo (hasta donde perinite el género que cultiva generalmente) y una flexibilidad 4 la que tampoco llegó el otro, no sé si por falta de condiciones ó por desdeñar cierto género de trabajo, que algunos llaman ligero y para el cual. e necesitan, sin embargo, fresca espontaneidad en los medies de expresión é ingenio peregrino. Kicardo Calvo pone igual empeño en la interpretación de un drama que en la de una comedia; cultiva con aplauso ambos géneros, y estoy por decir que tiene aún más condiciones para la comedia que para el drama. Diríase que en toda ocasión y momento tiene el talento que le hace falta para salir airosoaun de los empeños más difíciles y arriesgados. A tal punto, que de algunos de esos papeles que en el teatro se llaman embolados, ha hecho verdaderas creaciones. Merece mención particularísima el papel que le repartió D, José Eohegaray en su famoso drama Conflicto entre dos reí. Era un galán joven caya primera salida se verificaba al final del segundo acto, es decir, más de mediado el drama, y cuando ya es peligrosa toda saUda de personaje nuevo de. alguna importancia. Agregúese á esto que aquel personaje nuevo tenia que salir irritadísirno, furioso, en una texitura descompasada, á desafiar audazmente al protagonista, y que aquel desafio y aquella aptitud del galán joven engendraban la situación culmi. nante para el éxito del segundo acto y el desarrollo del tercero. Un actor de menos talento tal vez habría hecho fracasar allí la obra. Él se impuso al público desde elprimer momento, abordando la dificilísima situación con un talento y con una valentíade que hay pocos ejemplos en la escena española. Como el público, en lo general, no suele ver esas cosas, bueno es hacerle notar la dificultad inmensa que ofrecen en su interpretación ciertos papeles, que ni deslumhran por lo agradecidos, ni ofrecen marcado relieve por su extensión, sisnclo, no obstante, los huesos de muchas obras, en las cuales se hace aplaudir muchas veces un actor mediano, que nada ha tenido que poner de su parte, sólo con que le haya tocado en suerte un papel simpático y de facilísima ejecución; poique el público, en lo general, atiende solamente al efecto, sin analizar por qué ni cómo se produce. lío es posible tampoco dejar de citar, al hablar de los merecimientos de Calvo, otra obra de D. José Echegaray, ün milagro en Egipto; obra de portentosa erudición y de grandísima dificultad en su desempeño. Los Faraones debieron de ser, indudablemente como a (inel Faraón que interpretó Kicardo Calvo, con un lujo de deta, lies y una riqueza de colorido verdaderamente asombrosos. En ley de verdad, fué lo que más se destacó de aquella obra. Conviene también recordar la incalculable distancia que hay que recorrer desde aquel personaje de carácter al galán joven de El gran Galeota, interpretado asimismo á maravilla. Por eso hablo de la extraordinaria flexibilidad de este actor notabilísimo, no sóláde uno á otro género, sino también de uno á otro carácter, desde el barjta mejor definido hasta el galán joven más aniñado. Tarea interminable sería la dé apuntar aquí todos aquellos papeles y ocasiones en que se ha distinguido, no permitiéndolo tampoco la índole especial de estos ligeros esbozos. Cumple á mi propósito hacer constar aquí una vez más la encantadora modestia de este artista, modestia poco común en la esfera teatral. Kicardo Calvo es desde hace mucho tiempo un actor notabilísimo, que podía y debía haberse lanzado hace algunos años á ocupar, con justicia, el puesto de primer actor. Pues bien; mientras vivió su hermano, sometido estuvo, con grandísimo gusto de su parte, á ser una segunda figura. Persuadido estoy de que si viviese Rafael, Ricardo continuaría de la misma manera, sin violencia de Linguna clase. Es más: en el momento dé faltar Rafael, sometióse gustoso á la dirección y jefatuia de Antonio Vico. Los acontecimientos (que no él) le han llevado á ocupar el primer puesto t n el teatro Español. Allí, con la vahosa cooperación de Donato Jiménez (que merece capítulo aparte) está en la biecha y sostiene el pabellón hasta donde lo permiten sus alientos, que no son escasos, ciertamente. Uno de los papeles tn que m ¿s ha brillado es en el de protagonista de Don Alvaro ó lafuerai del sino, en cuyo traje aparece representado á la cabeza de estas líneas. Echegaray, proveedor incansable de la Casa ae Talía, le da todos los años un par de obras, ó tres, si viene á mano. Kicardo posee la buena cualidad de animar a l a juventud que empieza, y estrena todo lo que cae en sus manos y tiene siquiera medianas condiciones de mabilidad. Ensaya cuatro ó cinco horas todos los días, y casi, todo el resto de su tiempo lo pasa sobre la escena ó leyendo obras en el saloncillo. Es un gran trabajador y comprende que no están los tiempos para dormirse en las pajas. Me asusté cuando me dijo, casi mediada la temporada anterior, que tenía en su poder, y admitidos, VBiNTlúif DEAMAS. Figúrese el lector los adulterios, los envenenamientos, las puñaladas y las muertes (de varias clases) que tenía el hombre en cartera. Porque ya se sabe, drama sin alguna de esas cosas, ó con todas juntas, no se concibe en la actualidad. Un tal Ayala dejó alii unos, cuantos modelos de otro género más tranquilo y más racional; pero váyales usted con tran. gwilidades á los dramaturgos del día. Privarles del adulterio y del naturalismo, del puñal y del veneno, serla matarles. Volviendo Ricardo. Ya he dicho lo que me parece el actor. Dos palabras del hombre: Cuanto. áhonradez, lealtad, sinceridad, discreción, elevación de miras y agradable y ameno trato, pongan ustedes lo que quieran, y acaso se queden cortos por mucho que pongan. CÓRCHOLIS.