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DESPUÉS DE MUERTO ¡Nada, nada á morir! ¿Qué muerte escogeré? ¿Me tiro desde mi ventana á la calle? So, porque hay mucho espacio que recorrer, y voy á llegar cansado y receloso á la muerte. ¡Justo! Es lo mejor: me levántale la tapa de los sesos, y así tendré el gusto de ver lo que guardo debajo de la tapadera. Precisamente mi vecino D. Nemesio, empleado en Consumos, tiene una pistola dedos cañones; se la pido, hago de ella el uso que me propongo, y se la devuelvo en el acto. Y sin más, ni más, verán ustedes lo que hice -Tilín, tilín- ¿Quién? -Servidor. ¡Ah! ¿Es usted, D. Rícardito? Pase usted adelante... ¡Pero cómo se le conoce á usted que es poeta de guardilla! ¿En qué, señora? -En que hace usted versos y vive usted en el sotabanco. -Tiene usted razón las señas, son mortales. ¿Está D. Nemesio? -Ha salido, pero volverá pronto. ¿Se ha llevado la pistola? ¡Ya lo creo! Dice que el día que se le olvide, no es hombre para nada. Desde que está en el fielato, todas las noches tiene que hacer so de ella. Esta madrugada ha matado á dos matuteros, y su jefe le ha encargado que en la que viene mate otros dos ó tres más. Luego llevan las pieles al Ayuntamiento, y les dan una gratificación. Es el único medio de acabar con el matuterismo. ¡Y con la humanidad entera, señora! Y sin hablar más, bajé la escalera, y al llegar á la portería me encontré con D. Nemesio. Me acerqué á él bruscamente, le arrebaté la pistola, me la puse entre ceja y ceja, y ¡Pum, pum y pum! FA eco de la escalera. ¡Pum, umm, ummmü! ¡Ea! Y ya tienen ustedes un cadáver más á su disposición. Pero, ¡qué barbaridad! Parece que no han visto nunca un muerto de muerte natural y espontánea. Hombres, mujeres y niños, aldeanos y aldeanas, soldados, gente del pueblo y, en fin, coro de ambos sexos rodeaban mi cadáver, contemplándole con más curiosidad que compasión. Oigo por ahí que han ido á buscar al Juzgado. No sé quién habrá sido, y por eso no me incorporo á darle las gracias más expresivas. Un trasnochador á uno del Orden. -Es decir, que si el Juzgado tarda diez días en llegar, el cadáver tiene que permanecer en la calle. El del Orden. -Mientras el Sr, Juez no se presone en el treato de la catástrofe, nadie puede levantar un muerto. El trasnochador. -Pues yo suelo levantarlos mucho antes de que- llegue. El sereno. -Y es lo que se debe hacer porque eso de pasar aquí toda la noche, con la helada que cae, es para matar á una bestia y no lo digo por mí, sino por esta señora que está esperando que la abra, y no puedo, porque me está prohibido separarme del