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70 BLANCO Y NEGRO euerpo de la diosa, y surge la gran dama, con su traje malva escotado, los brazos al aire, arrogante, deslumbradora, con una gallardía suprema La última mirada á la luna ¡Los ojos no van solos! ¡Les acompaña una. sonrisa! E s que la mujer se ha contemplado y se ha sentido con fuerza para vencer A la mesa, ¡Y tocarle al plomo del General! EN EL COCHE Allá va, al trote de las yeguas Perdida en la penumbra del coche, se la distingue confusamente La luz de los faroles y el resplandor del gas de las tiendas, que se meten de cuando en cuando por las ventanillas, dejan ver de pronto una figura blanca, recostada en el mullido de la trasera, y de pronto la hunden en la soiabra, Diríase que la dama duerme; pero no, llévalos ojos abiertos ¡Sueña! Ha tendido las alas de la imaginación, y sabe Dios por dónde vuela Sin duda muy alto y muy lejos íTadie lo advierte; los transeúntes pasan indiferentes y disr traídos; el tropel de carruajes que se encamina al teatro, agolpándose á medida que llega, adelanta frío é impasible; ninguno ve lo que encierra la blasonada berlina: es la dicha, el momento supremo de la dicha, en que el sueño va á convertirse en reaí T I lidad LA RECEPCIÓN Allí está la arrogante Baronesa viuda, en su platea, descansando el enguantado brazo sobre el pasamanos de terciopelo rojo, mirando con indiferencia á todos lados á trave s de los lentes de sus gemelos, respondiendo con alguna palabra, sin ladearse, á las que le dirige su anciana tía la Marquesa, con e comparte el abono Su busto se destaca con una gallardía! ma Tiene esas plenitudes de los treinta años, y á la vez esas) ilidades de la adolescencia, que la mujer procura conservar como ¡n paño hasta donde puede Su cabeza encaja en los hombros m encanto singular La blandura de la sonrisa, la dulzura de jos, la suavidad del semblante, dan á su rostro una infinita ídeza ¡Es Galatea! dicen los periodistas de las butacas I I sabe todo lo que se dice, se siente admirada y se mantiene en J ¿5 co sin descomponerse, en acción I primer entreacto Ha llegado el momento decisivo El besaiuaiiOS comienza El cortinón de terciopelo permanece constantemente alzado; siempre hay en la puerta del antepalco una figura de frac pidiendo permiso Es fuerza guardar turno Generales, duques, agregados de embajada, literatos, académicos, ex ministros, pollos con monóculo, viejos cosmetizados y teñidos; todos correctos, pulcros, inclinados, deshacie ndose en reverencias, estirándose los puños, van llegando á los pies de la diosa con su frase encomiástica preparada La diosa se digna reir; su risa resbala sin cesar por el antepalco con un eco prolongado, argentino y fresco; cuantos acuden á rendirla pleito homenaje son admiradores que darían la vida por una sola de sus miradas ¡Pobre gente! Ella admira las nubes de incienso que ascienden hasta su trono, y las disipa impasible con su abanico de plumas... No tiene corazón E s una estatua de mármol Juega con sus devotos como una gatita mimada con un ovillo Es amabilísima, pero enigmática La eterna esfinge Los periodistas de las butacas, que lo saben todo, saben que la Baronesa es inconquistable ¡Quizás se considera muy alta! Se siente demasiado reina El acto va á empezar; la recepción termina; el astro eclipsado se muestra, y los gemelos tornan á volar por la sala ¡Dios mío! ¿Quién es aquel capitán de húsares que la flecha los anteojos? Es nuevo; su butaca pertenecía el año pasado al diplomático que fué trasladado á Bélgica ¡Qué insistente! ¡Qué se habrá figurado el hombre! La Baronesa se ladea con un supremo movimiento de desdén, adoptando una postura glacial; pero á poco, con cualquier pretexto, mira de nuevo disimuladamente hacia la butaca del húsar; pasado un rato clava otra vez sus ojos en el mismo sitio; al cabo concluye por olvidar la ópera y el público y