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LA ÚLTIMA NOCHE DE UN REINADO EN EL TOCADOR ¡Dios mío! -Si parece que el ncgrazo que sostiene sobre sus hombros liereúleos ol reloj se complace en abreviar el tiempo! ¡Las ocho y hay que comer todavía! ¡Digo! Y para mayor cesdicha le toca venir al General, que es un plomo ¡Pobre Juanita y pobre Adela! ¿Quién ha de tener la culpa del retraso? Ellas y sólo ellas ¡Cuidado que no han podido andar más torpes! Dos veces hubo precisión de desbaratar el peinado, y al cabo quedó mal i jSíwi Y la Baronesa, enojada con sus doncellas, apenas si contesta á sos trémulas palabras, recibe las cosas de sus manos con desabrimiento, asiéndolas bruscamente, no las mira, y con aire entre resignado y fiero, contemplándose en la luna del tocador, se acicala por sí sola, como la persona que renuncia á la fuerza á que la ayuden ¡Las ocho campanadas del negro la han puesto fuera de sí! Sin embargo, no se acuerda que la culpa de la tardanza no es de la servidumbre, porque entre las Cuarenta Horas, la Junta en el Asilo y el paseíto por la Carrera, eran muy dadas las seis y media cuando regresó á casa ¡Tormentas de verano qne pasan! La señora es buena y las quiere ¡Vaya! Como que son Su confidente, su área santa, las depositarías de muchos secretos ¡Ah! ¡Toma! Pues si ellas hablaran ¡Pero ño! La estatua no caerá del pedestal, no rodará por el lodo Son fieles, adoran á su ama y su silencio está comprado á peso de oro Por fin se acabó la toilette Todo aquel oleaje de ropa blanca, blondas y sedas, que enamorado del desnudo, aguardaba anhelante el momento de aprisionar las carnes de nieve, se ha ido ciñendo al