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LA LÁMPARA ENCARTADA POR ROJAS AMOR IMPOSIBLE Yo soy feliz, muy feliz; tan feliz, que esta misma felicidad me aburre. Asi discurría una tarde del estío de 184 el entonces lugareño Torralva, mientras que materialmente tendido al pie de un árbol, miraba con un si es no es de desaliento y de tristeza desaparecer el sol detrás de las alturas de Sierra Nevada. Y en Terdad que aquella exclamación era en sus labios ana blasfemia contra su buena suerte. Torralva tenía por aquel entonces veinte arios; vivía en una casita del pie de la Sierra; tenia, además, un padre que cuidaba de su modesto porvenir, una madre que adivinaba y satisfacía sus menores caprichos, y allá en la aldea inmediata, á poco trecho de su rústico albergue, había una morena que lo aguardaba todas las noches detrás de una reja, y que de seguro hubiera dado por él hasta la última gota de su sangre. Y sin embargo, Torralva se aburría: se aburría de puro feliz; padecía la nostalgia de lo desconocido, y había ocasiones en las que, dejando vagar la vista por el horizonte, sentía deseos punto menos que irrealizables, y experimentaba emociones extrañas: quería conocer el mundo, y sin tener ambiciones definidas, padecía el vértigo de los ambiciosos. Soñaba con Madrid, con las luchas políticas, con la prensa, con las grandes intrigas, con las convulsiones populares, con todo aquello que le era punto menos que desconocido y de que apenas podía formar idea por algún que otro periódico que de tarde en tarde llegaba- á sus manos: y en tales ocasiones no bastaban á arrancarle de su abstracción, ni las cuidadosas atenciones de su buena madre, ni las reflexiones juiciosas del autor de sus días, ni los extremosos mimos de su novia, ni las hermosas perspectivas de la Sierra, ni el misterioso encanto de su tranquilo hogar. La imaginación, desplegando sus alas de gigante, le arrancaba de la vida real y le arrastraba lejos, muy lejos; y le representaba una vida de esplendor y grandeza, y le convertía alternativamente en poderoso, en héroe, en tribuno y en sabio. Aquellas abstracciones llegaron á hacerse tan frecuentes, que el amor de las desconocidas luchas que anhelaba y sus afanes de poder y de gloria, constituyeron una verdadera obsesión: ni tenía voluntad para desear otra cosa, ni pensamiento para nada fuera de los delirios á que abandonaba su imag- inacióu calenturienta, Y es que Torralva pertenecía á la serie de hombres predestinados para grandes acciones, que truecan á veces una felicidad positiva por el constante anhelo de una felicidad problemática. Sucedió lo que debía de suceder. Torralva vino á Madrid y dejó su casa y su aldea. Estudió primero, fué después redactor de un periódico, conspiró más tarde, se batió varias veces en las barricadas, fué sucesivameíite emigrado político, diputado revolucionario, subsecretario, director y ministro; logró una brillante posición é hizo lo que se llama una fortuna; brilló en las luchas del Parlamento y obtuvo verdaderos triunfos en el Ateneo; deslumbre con sus trenes, abrumó con el peso de su influencia, se vio agasajado y adulado de todo el mundo, y fué, en fin, y aun es hoy, uno de esos hombres cuya voluntad pesa considerablemente, por razón de su historia y de su prestigio, en los destinos del país.