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S 2 BLANCO Y NEGRO Yo los contemplaba con un sentimiento de cariño mezclado de compasión y de enojo. Al cabo de un rato, cuando los caballos empezaban á entrar de nuevo en calor, dije: -No me negaréis que la vida de Emilia lia estado en un tris. -Concedido. -Convendréis en que un ejercicio como éste sólo es propio de jockeys ó de lanceros. Negado, completamente negado. -i Conque negado! Pues oid, desdichados. Oye tú, Emilia, lío me gustan las mujeres que montan á caballo. No nos gustan, entiéndelo bien, á los hombres esos compuestos híbridos de mujer y de varón, que apoderándose de un bruto y saltando sobre sus lomos, aspiran á dominarlo con la fuerza muscular del león y la astucia del tigre. Hemos observado nosotros, los que buscamos reinas para nuestro hogar y compañeras para nuestra vida, que la mujer- jinete tiene los cascos á la jineta y en cambio carece de ternura y de sensibilidad porque el ejercicio violento de la equitación destruye ¡as gracias primitivas de la mujer, cambia su carácter, malea sus gustos é inclinaciones, y hasta convierte su aire honesto en otro más alborotado. La mujer que monta, descubre, á pesar suyo, algo atrevido, varonil y aventurero, que le hace perder sus encantos, porque la brida no se ha hecho para manos delicadas; ni el látigo es arma, ni puede ser juguete tampoco de una mujer nerviosa, y el sombrero, el ridículo sombrero de hombre, sienta como un disfraz horrible en la frente femenina, que Dios coronó de gracias para el amor y el dolor. Ni Juno ni Minerva montaron nunca á caballo. Venus viajaba en trineo, y tú, ¡infeliz Emilia! ¿quieres matar tus hechizos encalleciendo tus manos, arrugando tu rostro ó pereciendo el mejor día en un steeple chasse improvisado por la imprudencia de Luis ó por tu propia imprudencia? Me callé y se callaron. Emilia rompió el látigo, arrugó los guantes y me miró con ceño. ¿Se habrá enojado? Creo que si; pero si deja de ser varón para volver á ser mujer de á pié, encantadora como es, embeleso de su sexo, me alegraré. EicARDO S E P U L V E D A