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5 %4 j i. í sfe -ü T. LAS AMAZONAS Las partidas de caza me traen á la memoria los caballos, y éstos la afición que tienen algunas mujeres á convertirse en amazonas, con peligro de su vida j hasta ereo que con menoscabo de su sexo. Luis C no es precisamente un gomoso, aunque habrá pocos jóvenes más elegantes en el Veloz- Olub, de que forma parte. Tiene una hermana joven, elegante, bella y distinguida, que, como su hermano, tampoco se deja arrastrar por las alucinaciones del figurín. Emilia tiene para mí un solo defecto: el de montar á caballo. Tan grande y decidida es su afición, que muchas veces da con Luis grandes paseos- jornadas, á despecho de la intemperie. Los dos hermanos son de buena raza: no temen el frío, ni el calor, ni la lluvia, ni las mangas de viento. Dicen á menudo Luis y Emilia, que el ejercicio á caballo es sano, que abre el apetito, haciendo circular la sangre con regularidad, y pasean en todo tiempo á campo abierto para conservar la salxtd. Días pasados me comádaron á dar una vuelta por la Casa de Campo, y accedí. Cuando estuvimos del lado de allá del puente de Toledo, Emilia, que deseaba encontrar terreno franco para entregarse de lleno á su placer favorito, hizo sonar el látigo en los oídos de su noble yegua, y ésta se lanzó como una flecha. Yo no soy jinete, y me estremecí. Luis es un verdadero ecut er, y creo que perdió el color; pues aunque me dijo no tengas cuidado, que Betty es leal y Emilia sabe tenerse le vi preocupado, vacilar un momento y lanzarse al fin á todo galope en seguimiento de su hermana, hrulant le pavé, que dicen los amateurs de las orillas del Sena. Yo montaba un media sangre de instintos tan pacíficos, que hubiera seguido al paso; pero la vanidad le cegó, y no queriendo ser menos que sus compañeros, se lanzó también en alocada carrera, sin mi permiso, en seguimiento de los dos hermanos. Cuando les alcancé, un espectáculo, por fortuna no triste, pero sí desagradable, se ofreció á mi vista. La yegua Betty había rodado por el suelo; Emilia, de pie, imponente como Juno, y sin ninguna lesión, se disponía á montar de nuevo, ayudada por su hermano. Regresamos á Madrid sin articular palabra. Liáis, inquieto, observaba á su hermana, cuya actitud, sin embargo, no podía ser más serena. Emilia acariciaba el cuelle de Betty, y se arreglaba el empolvado traje sin exhalar una queja.