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TIRANOS DE GUARDARROPÍA ¡Oh! ¡La tiranía! ¡Qué sabor tan agradable debe de tener el ejercicio de la tiranía! No he experimentado jamás sus dulzuras; nunca he sentido dentro de mí aficiones á la tiranía ni al arte coreográfico. Los tiranos y los bailarines jamás me causaron envidia. Más diré unos y otros me parecen gemelos. Y vaya un aforismo de mi cosecha: No hay tirano que no tenga algo de bailarín; no hay bailarín que no tenga algo de tirano. Y yo me entiendo y bailo solo para establecer esa sinonimia. Digo, pues, que la tiranía debe de tener sabor grato y seducciones misteriosas, como el opio, la morfina y el hatcMs, á juzgar por la mucha gente que se dedica al oficio de tirano en la reducida esfera de sus funciones. Es un vicio como otro cualquiera. He oído decir á algunos: Si yo me dedicara á la embriaguez, sería bebedor de aguardiente. Y han dicho otros: íSi yo me aficionara al gobierno de los pueblos, sería tirano. Hay quien ejerce ambos vicios á la vez; se dedica al aguardiente y á la tiranía. Es decir, toma por las mañanas una, pz tima de peñascaró, y acto seguido le pega una paliza á su mujer. Y luego duerme la mona ¡tan tranquilo! ¡Y cómo abundan los tiranos! En España llevamos cerca de un siglo de sublevarnos y gritar: ¡Abajo los tiranos! y no digo yo que no hayamos derribado algún tirano gordo, quiero decir de alto copete; pero nos hemos dejado la sociedad infestada de tiranos pequeños. Por supuesto que á mí cuanto más pequeños más gracia me hacen, y (dicho sea en honor de la verdad, y aunque ello no abone mucho mi buena condición) en vez de desarmar á los tiranos chiquitos, es decir, á los que yo llamo de guardarropía, me complazco en hacer que reconozco mi inferioridad á ellos. El portero es un tirano de lo más cómico que hay en el género, y cuanto más modesta es la casa y de más humilde condición los vecinos, más fuerza cómica tiene la gravedad y rigidez con que el portero ejerce sus funciones y defiende los supuestos intereses. No me acuerdo de haber contestado jamás con malos modos á un tirano de escalera abajo, que me interroga con malos modos. Z. ¡Eh! ¿Dónde va usted? Yo. -Si usted me lo permite, al piso segundo de la derecha. Él. -Pero ¿á quie n busca usted? Yo. -Buscar no busco á nadie. La persona que vengo á ver está ya buscada. Él. -Pero ¿quie n es? ¡Yo cumplo con mi deber preguntándolo! Yo. ¡Por muchos años! Busco á D. Ménica. El. ¡Segundo derecha! 0 Yo. -Eso le decía yo á usted: segundo derecha. Él. ¡Hay entresuelo! Yo. ¡Bueno! ¡Me conformo! Él. ¡Suba usted despacio, que el principal izquierda está enfermo! Yo. ¡Dios le despene! Él. ¡Y no manche usted la escalera, que está recie n fregada! Yo. ¡Subiré de rodillas! Y subo de puntillas las escaleras, tapándome la boca para no soltar la carcajada, y me dejo al tirano paseándose lentamente por el portal, con las manos cruzadas á la espalda y la cabeza erguida como un ciudadano Nerón cualquiera. Otros, puestos en mi lugar, se incomodan, disputan con el portero y entablan un diálogo de potencia á potencia... Yo digo: ¡Dejémosle! ¡Infeliz! ¡Sueña que es tirano! ¡Dejémosle dormir! En cada coche de tranvía hay, por lo menos, un tirano: el cobrador. A veces hay dos: el cobrador y el mayoral, que atropella por todo.