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BLANCO Y NEGRO. 39 -Pero, hombre... ¿tan pronto? ¿Es que usted cree que la van á gritar? -De menos nos hizo Dios. -Convengo en ello; pero- -Siempre debe uno figurarse lo más malo. Si después le aplauden á usted la obra... ésí) se encuentra. -y si no la aplauden, me la encuentro también, es decir me la gano. Hay también (y yo lo he padecido) el amigo indiscrecto, el que entra riendo estúpidamente, y de buenas á primeras le dice al autor: ¡Hola, Fulano! Vengo á silbarle á usted ¡Ja! ¡jai- -Y él mismo se ríe de su gracia. ¡Como que tiene mucho salero decirle á un autor, aunque sea en broma, que se va á silbar su obra! Es de advertir qiie muchos de esos que lo dicen en broma, lo ejecutan efifo de veras. Suena (fatídicamente en los oídos del autor) el timbre quellama á los fieles, acude cada cual á ocupar su asiento, y vuelve á quedar mi hombre en la más espantosa soledad. El traspunte viene al saloncillo y le dice: -Empiezo antes de dos minutos. -Todo es empezar: empiece usted cuando quiera. Yo no tengo valor para estar entre bastidores. Si me llaman á escena, tenga usted la bondad de venir á avisarme. Si me llaman. otra cosa, no me diga usted nada. De butaca á butaca y de palco á palco se entablan diálogos rapidísimos. ¿Gustará estof- ¡Psh! ¿Qué noticias tiene usted de la obra? ¡Psh! -Tengo algún interés por el autor, -Yo tampoco. El más expansivo tiene algún interés: la inmensa mayoría, la casi totalidad, se encierra en una reserva prudente, que se parece mucho á la hostilidad. En todos los estrenos hay un grupo, más ó menos numeroso, francamente enemigo del autor. Se ha verificado el estreno; la obra ha gustado mucho, y el autor ha sido llamado varias veces á la escena. Los que antes se mostraron hostiles y reservados, son los primeros que llegan al escenario, no á dar la enhorabuena al autor, que eso es poco, sino á estrecharle entre sus brazos. Tanta prisa se dan algunos, que, á las veces, tienen que ganar, corriendo, los bastidores, porque vuelve á levantarse el telón para que nuevamente salga el autor á recibir los aplausos del público... ó de quien sean. Cuando eso ocurre, no debieran avisar; seríala única manera de que algunos caballeros salieran alguna vez al palco escénico. Calmado el entusiasmo del público (ó de quien sea) y quieto definitivamente el telón, suenan varias voces que dicen: ¡Al saloncillo! ¡al saloncillo! Y al saloncillo es llevado el autor casi procesionalmente. En un minuto se llena con colmo el saloncillo, y la atmósfera se hace irrespirable por todos conceptos.