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LOS PINTORES BOHEMIOS Son los héroes del arte. Trataian de día para conseguir por la noche la venta de. sus tablas. Ohreros de una inspiración aguijoneada por, el hambre, pintan pkra procurarse alimento; torpe la vista por la dejadez del insomnio, ojeroso él semblante por los efectos de una debilidad constante que distninuye la savia de la azarosa existencia que Ufevan, tienen delante de si nubes espesas, sombras negrísimas, ideas tristes, horizontes obscuros, y se ven obligados, para dar gusto al público, ávido sólo de alegría y de luz, á borrar de su mente lo tétrico de su vida ordinaria, empapando en colores animados los pinceles de su paleta; inventando sonrisas que no se hac dibujado nunca en sus labios; caras llenas de un gozo que no saben cómo se siente; cielos diáfanos que ven únicamente los que disfrutan m Si X de un bienestar y de una dicha que no han experimentado ellos ilmt Tj L trf nunca; paisajes de tierras á donde fueron para tortura suya, en Váaa í árjHf- -jc virtud de la fiebre de fantasía qué abrasa sus cerebros continuamente; tipos de un mundo que sólo conocen por referencias; perfiles y detalles de asuntos que sienten con lágrimas de dolor no. entender y tratan á las veces con lujo tal de sentimiento y dé realidades, que envidiarían los pintores mimados porla. fortuna, el renombre y la gloria. Pobres hijos del arte! Ellos también le rindeniCultoJcon toda su alma, siquiera no les- -toque otra cosa, en esa religión de la que son fieles ardientes, que algún pequeñísimo premio tras de ayunos y penitencias, tras de martirios y humillaciones. No acaban de perfeccionarse en la pintura, porque la cotidiana necesidad les impide perder tiempo en el estudio. Todo es poco para manchar una tabla ó un pequeño lienzo con alguna figura abocetada ó paisaje que parezca del todo dibujado, y que responda á la imprescindible labor que el destino les obliga á llevar á cabo, constantemente ahogando su conciencia y sus sentimientos artísticos. Y afortunado el que consigue que le vendan algunos de sus trabajos los corredores encargados de esta tarea, á quienes esperan llenos de una inquietud indescriptible, quizá al lado de una mujer y de sus hijos, que con mirada llena de una indefinible tristeza, piden sin querer un pedazo de pan, una manta con que abrigarse, un traje que les cubra mejor, un lecho donde con menos incomodidad y estrechez puedan pasar las fatigas con que las abstinencias torturan su estómago. Pero el suplicio es más horrendo si á esta zozobra se mezcla el sonroja, la mortificación del amor propio, el sufrimiento del desprecio, de cerca, á la vista, de manera que puedan notarse gestos depresivos para las obras del artista, y escucharse palabras que traspasen su alma como afilados cuchillos que herirle pudieran en le más hondo y lo más delicado de sus sentimientos. ¡Cuántas veces, querido lector, no te habrás imaginado siquiera que muy cerca de ti se encontraba alguno de. esos mártires, en cualquier café de los más concurridos, apurando hasta la última gota de un café y las migajas de una tostada, al mismo tiempo que lanza de vez en cuando un suspiro que no por quedo deja de resonar con toda fuerza en su corazón. Asisten á la anatomía de sus cuadros, cuyo mérito descuartizan los compradores para obtener á mejor precio la mercancía regatean su alimento y su pundonor de artistas. Y han de permanecer impasibles, fija la vista en las varias vicisitudes por que atraviesa la venta, atentos á la defensa que á su manera hacen los corredores, esperando, sin darse por entendidos ante nadie, el resultado favorable, óinfructuosq quizá, de aquella lucha por la venta de sus trabajos, á cambio de unas cuantas pesetas, seguramente pensando en la distinta suerte del compañero que, viviendo en otro mundo mejor, espera en su despacho á que vayan á comprarle sus lienzos, y hasta deseche á veces algunas proposiciones que, halagando su amor propio y sombrero en mano, se le dirigen por importantes individuos pertenecientes a cualquiera de las distintas aristocracias de que la sociedad se compone. P. SAÑUDO AUTBÁN,