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LOS INSEPARABLES PoáslOJAS 1 ARTES Y. LÁTIGOS (VARIACIONES SOBRE EL TEMA DEL TEATRO NACIONAL) MIGO mió, deseiigáñeSe usted; nuestra escena languidece, decae, muerci... ya no hay toros, ni hay toreros. digo, ya no hay autores, ni comediantes, ni publico, ni nada; aquí no queda otro recurso sino que el Gobierno tome por su cuenta eso del Teatro Nacional y nos haga entrar en cintura á todos: al público, á los cómicos, á los poetas y hasta á los tramoyistas. -Bien; pero ¿cómo se hace eso? -El cómo no lo tengo estudiado; ¡caramba! yo no había de hacerlo todo. Harto hago cdn señalar el mal; á otros corresponde buscar y encontrar el remedio. E n esto precisamente consiste la tan preconizada división del trabajo con que nos atontan la cabeza los economistas. V. T: -Eesulta, sin embargo, que, según usted, el Gobierno debía tomar cartas en el asunto -Y toda la baraja si era preciso. La existencia de un teatro, ¿interesa ó no interesa á la nación? -Claro que le interesa. -Pues entonces á la nación compete- -y en representación suya al Gobierno- -la creación y sostenimiento de un Teatro Nacional que sea honor y lustre y gloria de España; me parece que la consecuencia no puede ser más lógica, -D i r é á usted como lógica tiene sus más y sus menos; pues si bien es cierto qué á todo país culto conviene tener una literatura propia, es así mismo cierto que. le conviene y le importa igualmente poseer una industria, y un comercio, y una agricultura, y una ciencia, y una enseñanza y otra porción de cosas y si todo ha de darlo el Gobierno y á todos nos convierte en sus protegidos, no se me al ¡anza dónde irá en busca de los protectores- -Desengáñese usted; nada interesa tanto como el teatro. -Sobre todo á los que vivimos de él. -Pues eso, y que cada santo pida para su ermita, -Corriente; pues pidamos todos y veremos quién da. Sucederá en esto lo que ahora sucede, én Madrid con los mendigos: sale usted de casa, y én la escalera ya tropieza usted con un. pobre que le pide una; prenda de vestir ó; de calzar, aunque esté en buen uso; llega usted al portal, y allí se encuentra usted á una madre con media docena de chiquitines, mamando el uno, Uoratido el otro porque quiere mamar, moqueando todos, y todos mostrando desaseo y desidia; niños y, niñas rodean á usted para contarle que no han comido y que son ciento y la madre, pues á más de los que usted ye, han quedado otros chicos en casa; sale usted á la calle, y pegado á la tapia se encuentra usted un cojo que le tiende la mano, y más alláun manco, y dos pasps más adelante dos ó tres ciegos, y en la esquina inmediata un caballero anciano y decentemente vestido, aunque mal afeitado, que no es, al parecer, ni manco; ni cojo, ni ciego, pero que se aproxima á usted con misterio y le dice con mucha- cautela y. gran sigilo; íCa allero, hace ya tres diasque no como- y después, en la plaza próxima le sale á