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BLANCO Y NEGRO 21 Dos años después de la separación de la Valverdedel teatro de Mario, apareció Pepa Guerra sobre el esoeitario de la Comedia. Estaba la Guerra en la plenitud de la Yida y en las más perfectas condiciones físicas para representar lo que habia dado en llamarse la característica joven y guapa. La primera etapa de su vida artística babia quizá desaparecido de su memoria. Era otra mujer y era otra actriz. Muy poco tiempo después de su reaparición era ya estimada del público y saludada por la critica como una risueña esperanza de próxima realidad. La realidad llegó pronto, efectivamente. Mario había encontrado la actriz que necesitaba. Antes de proseguir, me apresuro á consignar que Pepa Guerra, sustituyendo á la Valverde en el treatro de. la Comedia, no se parece á la Valverde ni poco, ni mucho, ni nada. Estimo que toda comparación es odiosa, y en éste caso concreto, además de odiosa, serla impertinente. Pepa Guerra ha venido atarte escénico con sus propios recursos, y, como todo artista de verdadera importancia, imprime áí sus trabajos el sello de su enérgica personalidad. Artista de gran talento, de suma perspicacia, dé viva espontaneidad y de fina y atenta observación, se, distingue notablemente en la creación de caracteres, y más aún en la de ÍÍ OÍ. Actriz de última hora, por decirlo asi, está completamente dentro del gusto moderno, é imprime á la ficción de la escena el sello de la vida real hasta un punto que parece imcompatible con el arte, y qiie es, sin embargo, la perfección artística, aquella dificil facilidad de que hablan los preceptistas, y que dicen que poseía en tan alto grado D, Julián Eómea. E n su famoso estudio MI arte del actor, dice Coquelln lo siguiente: Para hacer obra de arte, el pintor tiene los colores, unhenzo y sus pinceles; el escultor, la tierra, el formóii y elcincel; el poeta, la palabra y la lira, es decir, el ritmo, el número y la rima, ya que el arte varía según él instrumento, pues bien, el instrumento del cómico es él mismo. La materia de su arte, que trabaja y amolda para sacar de ella su creación, es su propia figura, su cuerpo, su vida; y de aquí resulta que el actor debe ser doble: tiene su o, que es el instrumentista, y su dos que es el instrumento. r agrega más a ielante, como para completar su pensamiento: (El ideal consistiría en que el dos, este pobre cuerpo, fuese una pasta sencilla, blanda é indefinidamente dúctil, que tomara, según el papel, todas las figuras; que se hiciera para Eomeo un galán joven dehcioso para Ricardo I I I un infernal jorobado, seductor á fuerza de talento; para Fígaro, an criado socarrón, impertinente, audaz, etc. etc. Pepa Guerra realiza, hasta donde es posible en lo humano, ese iíieal de la transformación, Su persona desaparece frecuentemente detrás del personaje que representa. No limita su trabajo de caracterización (si válela palabra, que debe valer) á la exterioridad, es decir, al traje y á la pintura del rostro; que ese sería, en verdad, un trabajo baladí, de tácil ejecución. Hecho el estudio del carácter ó del tipo, acomoda el gesto, la actitud, los movimientos, la manera de andar y todo lo que Constituye, en fin, la creación viva y palpitante de la escena, el pensamiento del autor. Y si el autor ha concebido un personaje real, de carné y hueso, con nervios y con sangre ella, Pepa Guerra, lo presentará, al público en toda su hermosa y artística verdad. En Las de Regordete, nos representa una mujer ordinaria, con movimientos hombrunos, tosca grosera... y persuade. E n El mereridero de la Pepa, parece una lavandera, trasplantada desde la ribera del Manzanares al escenario del coliseo de la calle del Príncipe. Una de sus más hermosas creaciones es la catalana del último saínete de Eicardo de la Vega, titulado ¡Bonitas están, las leyes! ó la viuda del interfecto. El tipo es de grandísima dificultad, pero está abordado con franqueza y con valentía Del efecto causado no hay para qué hablar aquí. Vivo está y estará durante mucho tiempo en la memoria del público. El principal mérito de esta actriz singularísima consiste en la variedad de sa trabajo. El escritor que se queda detrás de su obra, y el cómico cuya personalidad desaparece en el papel que representa, son, á mi juicio, los verdaderos artistas. Desde la señora distinguidísima, de elevada clase, hasta la desarrapada lavandera, representa todos los tipos y caracteres con rara perfección, llevando al ánimo del espectador el más profundo convencimiento. Ese es, ó debe ser, el arte del actor dicho sea con perdón de algunos comiquitos que opinan lo contrario, y lo que es más triste, llevan á la práctica su opinión. He oído decir que Pepa Gueiia asta, á veces, mal genio. Si yo lo creo y lo digo por mi cuenta, es una falta de galantería, y si lo omito en absoluto, puede ser una falta de imparcialidad. Este es uno de los muchos inconvenientes que tienen las semblanzas de las señoras. Respecto del carácter de Pepa Guerra, lo mejor que puedo hacer es preguntarle su opinión á mi amigo Pepe Máyquez y allá él. TJn marido no está, en cierto modo, obligado á ser galante. CÓRCHOLIS.