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BLANCO Y NEGRO 11 -Figúrate tú -Y dime, ¿cómo averiguan los niños que somos? Llevarán una lista- No, preguntón Recorren las calles despacito, fijándose en todos los balcones Donde encuentran un zapato, es señal de que allí- vive un nifio y allí dejan un obsequio... ¿Te enteras, curiósote? -Sí Y dime, manjá, ¿los Reyes Magos serán unos señores muy amables? -Buenísimos Pero te advierto que nó hay nada que se les o Sttlte, y álos chicos traviesos les castigan á lo mejor no traye ndoles nada, aunque pongan una zapatería en el balcón... -Pues yo gí o que me regalen una caja de soldados ¿Me la regalarán? -Si, hombre, sí; pero ¡Basta de charla, que me queda mucho que coser! ¡Guando sueltas la lengua Persígnate -Por la señal Adiós, mamá ¡ünbeso! -Toma (ios... -Mamá, ¿te parece que rece un Padre nuestro para que los Reyes me traigan la caja? No es menester ¡Duérmete! -H a s t a mañana, mamá- -Adiós, cielo... II ¡Envidiables cinco años! En cualquier parte brota una ilusión i De fijo que esta noche sueña con la ventana! i Dios mío! ¡Qué felices serán los padres que abran ahora las vidrieras del balcón y dejen el regalo de Reyes, cerrando otra vez callandito para que el niño no se despierte! ¡Y yo no sé cómo me las voy á arreglar para poner algo en el zapato de mi Julio! Todavía me falta más de media camisola. Eln fin, velaré toda- la noche á ver si puedo entregarla de mañanita y comprarle aunque no sea más que un dülceJ. ¡Si pagaran mejor la obra! Pero cinco reales dan tan poco de sí... La cabeza me arde; me parece que me pegan en las sienes con un martillo; me duele la espalda... No puedo más! i; ¡fís rñucha tarea estarse cosiendo catorce horas seguidas! Ya se me. nublan los ojos j axe faltan fuerzas para moyejr la rueda, dé la, máquina No adelanto nada ¡Si no fuera por ese pobre niño! Cuando la felicidad, se va para no volver, no queda otro remedio que rnorirse ¡Cómo nos pésala vi. da ajos abandonados! Pero yo soy madre ¡Qué horror! ¡Quedarse solo mi niño! No, no, la rniseria, el desengaño, este spantoso trabajo que me mata, todo me parecí? suave á su lado Que llore yo, pero que él se. sonríí ¡La una! ¡Me ahogo! ¡Me va á dar un vahido! Tengo que dejar la costura... Pero entonces el ¿ápato Yirgen Santa! ¡Ocho años así, una eternidad sufriendo en silebeio- sin quejariñe! ¡Yó no pido nada, no quiero nada para raí, pero- mi niñ o tiene derecho á su parte de dicha! ¡Si me quedara algo que empeñar! No hay que pensar en ello No me resta ni una hilacha que valga dos pesetas Mi ropa e s u n puro remiendo Y, sin embargo, yo necesito dinero... No háy más remedio que concluir esta camisa ¡Ay! Yo no sé lo que me sucede ¡No puedo! ¡No puedo! ¡Dios míp, qué desgraciada soy! I I I ¡Mamá, mamá! ¡No hay nada en el zapato! -No llores, hijo, no Uores... Ahora cuando yo salga te traeré una de esas i yemas que tanto te gustan Quizás no hayan venido los Reyes... ¡Si han venido, mamá! ¡Mira en el balcón del casero cuántos juguetes hay! ¡Y tú decías que los Reyes Magos eran tan buenos! Pues yo no soy malo, ¿verdad? ¿No me habrán castigado? -No, hijo, nq, sino que Pues nada ¡Qué hay tantos niños en losprin- J cipales, que se olvidan de los zapatos de las guardillas! ALFONSO P É R E Z N I E V A