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BLANCO Y NEGRO 7 estimados hasta el punto de perínitirle que arregle el pliegue mal formado de una falda, ó la colocación de un lazo sobre el cuerpo. ¡Qué oprobio para el sexo! Pero donde hay que verlos es en su propio tocador. Haytipo de éstos que lo tiene tapizado dé ricas telas turcas y adornado con toda clase de monerías, desde la Venus de Milo hasta su propio retrato sobre caballete ÚQpe ouche, toáo perfumado por ricas esencias, que su pobre hermana aspira sólo cuando entra á dejarle la satinada camisa que le ha planchado para la noche. Porque estos seres sin corazón sacrifican á sus familias para rodearse de lujo, y aparentan en su cuarto y en su persona un bienestar de que carecen los amantes seres por quien todo buen hijo se sacrifica. Pero el gomoso no se preocupa de las angustias domésticas, no las ve; empieza á vivir cuando empieza á anochecer. A esa hora el embellecimiento de su persona absorbe totalmente sus sentidos, que no siempre son cinco, y del sexto carecen por completo. En mangas de camisa, en elástica ó batín, todos pasan largo rato delante del espejo. ¡Qué suplicios soportan! Ya la tenaza quema su delicada epidermis; ya el cuello, que más parece de zinc que de batista, les pellizca la garganta; pero ¿qué gomoso podría llevar un cuello cómodo? ¿Qué nocturno puede salir sin rizar sii bigote, que muchos tienen ya necesidad de pintarse? Cepilla cuidadosameíite su frac, que estima en masque el ministro su uniforme de ojos bordados, ó el académico su casaca de verdes palmas, y se viste empleando en la corbata más alfileres que remilgada monja pone en su toca. Ya vestido, sale, llevando como el caracol toda su fortuna encima, pues con el traje de sociedad, el reluciente sombrero, el bastón, que jamás olvida, y nada en los bolsillos ni en la cabeza, suele vf completarse su equipaje. Va enseñando por debajo del abrigo las puntas del frac; ¡esto es muy C ÍC Visita entre áoshxces La Pajarita, el escaparate de González Rodríguez, ó la Perfumería Inglesa. Á la hora p de comer cae sobre la casa de una amiga que celebra sus días, y ocupa el hueco del convidado que no pudo W ir, salvando así á los comensales del peligro que co- rrían sentándose trece á la mesa, ó sabe donde hay 1 banquete, y llega en el momento de abrir el comedor y se conforma con él cubierto que agregan en el último ángulo. Si nadie banquetea, va al Casino y acompaña al pobre amigo que iba á comer solo, ó le da nn golpe de esgrima X socio bonachón que ve en ganancias, para lucir un billete en el momento de pagar.