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SUPLENTES L alcalde del pueblo había advertido al director: -Mire usted, si la cuadrilla es buena, le doy á usted permiso para que nos divierta en estas Pascuas. ¡Ah! Y si las fieras son fieras vivas y valen ¡Ali! Y si están bien amarradas y no nos asustan á los vecinos. -Está bieriy señor: la compama es de primera, las fieras de primera, y- -Bueno, pues á la primera hablaremos. Autorizados convenientemente, anunciaron la función por pregonero. Delante el tambor, detrás la gaita, y la compañía toda disfrazada con sus más ricos trajes, y un oso del tamaño del gigante chino, aquel que vaga por esos mundos y pasó por Madrid para ver si formaba ministerio. Al pasar por el lado del alcalde, el oso fijó una mirada terrible en su señoría. La cual señoría no dejó de advertirlo. Miró al oso de pies á cabeza, cuando había pasado, y no le reconoció. Pero desde aquel momento no dejó de pensar en lo mismo. ¿Habrá sido cacique en el pueblo, ó maestro de escuela? ¡Le deberé algo! ¡Ó le habrán enviado para matarme! Vigilemos. -Oiga usted- -dijo al domador y director de la compañía- -ese oso, ¿quién es? ¿Cómo que quién es? -preguntó el artista sorprendido; -pues un oso amigo mío. ¿Amigo? -S í quiero decir domesticado y amaestrado por mí. -Pero ¿no tiene antecedentes? -Los mismos que todos los de su especie. Llegó el día de la función. La plaza estaba llena. Empezaron los ejercicios por un baile á caballo, por el clown, que hizo como que se caía cuatro ó cinco veces, y el público lo celebraba al principio. Después asomó una écuyere con mallas recién cosidas, parecía un cangrejo, y un tonelete de color blanco, pero con lunares naturales. Debería subir y trabajar en el trapecio. Pero no hubo medio de hacerla trepar. La pobre muchacha se dirigió al público diciendo casi con lágrimas en los ojos: -Yo no sé ni lo que es una voltereta. Después apareció otro artista que hacía el gato. Y después, el público desbordado se lanzó al redondel. Pero el director tuvo un momento feliz: ¡Que salen las fieras! -gritó. Y la muchedumbre huyó horrorizada. Aparecieron, primeramente el oso y después una leona viuda. El alcalde se estremeció. -s eKT