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BLANCO Y NEGRO 521 heráldicos de sus antiguos moradores, y ascendiendo por la pesada escalera, cuyo pasamano termina en un horrible monstruo de piedra, llegamos á un pequeño partido formado por la subdivisión de una de aquellas inmensas cuadras, y abordamos la pequeña habitación, con vistas al jardín, en la cual se había dado cita la vecindad entera. Un rayo de sol de la mañana, rompiendo las hiedras salpicadas de campanillas azules que bordaban la parte exterior del muro y se encaramaban hasta los cristales de una ventana de arco apuntado, caía dulcemente sobre el cuerpo de una joven como de diez y ocho años de edad, que expiraba entre los brazos de una anciana desolada. El médico adababa de retirarse moviendo tristemente la cabeza y recomendando ese silencio necesario en todos esos lugares que ha de visitar irremisiblemente la muerte. Pregunté á una de las muchas comadres que dominaban el corro, alzándose sobre los pies y apoyándose sobre los hombros de las que habían tenido la suerte de colocarse las primeras, y me contó de pe á pa lo que allí había acontecido. La cosa no podia ser más sencilla. Natalia, la moribunda, acababa de oir la Misa del Gallo, y destrenzaba su hermosa madeja de cabellos rubios, contemplándose al espejo. Sin chambra, con sus redondos hombros descubiertos, mal ajustado el corsé, mostrando bajo la punta bordada de la enagua la media celeste y el zapatillo microscópico, pensaba acaso en Fernando, con quien acababa de oir en Santa Inés los indispensables y clásicos villancicos. Parti. a ya Natalia sobre su frente aquellas dos hermosas cantidades de cabellos que hubieran hecho la delicia de una demimondaine pelona, cuando un desconsolador ¡pi, pi, pi, pi! resonó tras los cristales y las hiedras, solicitando su atención y llenándola de asombro. ¿Quién llamaba á tan intempestiva hora á su ventana? ¿Qué importuno venía á profanar su dormitorio y á separarla de la operación más grata á la mujer hermosa, la de contemplar sus propias gracias al espejo? Natalia subióse inconscientemente el escote de la camisa y extendió su mano pequeña y blanca sobre la parte más turgente de. su cuello; después volvió el rostro hacia la ventana que daba al jardín, y al conocer que era un ave la que pugnaba por romper el vidrio y refugiarse en su aposento, se acordó de la salida del convento de Santa Inés, y pensó que hacía un frío por allá fuera, que se helaban los pájaros. El pobre hijo del viento, que había trepado hasta allí por las hiedras, piaba entre tanto con acento tan desgarrador, que partía los corazones, Natalia dudó un momento si daría ó no daría asilo al ave pedigüeña. No tenía jaula donde meterla, ni el helado pajarillo se acomodaría á pasar las horas que restaban de aquella noche de Diciembre con el pico bajo el ala. El tiempo apremiaba, porque el piar del verderón- -era un verderón seguramente- -podía despertar á las aguilillas que reposaban en los mechinales cercanos. Natalia no pudo resistir más; sin descolgar el abrigo que había acomodado en los percheros, sin cubrir con la chambra sus brazos torneados y esculturales, sin apretar el corsé, en el que se desbordaba el casto seno, acercóse de puntillas á la ventana y entreabrió las maderas para que el pájaro pasase. En efecto; la atolondrada avecilla entróse por la rendija, y al sentir el grato calor de aquel perfumado aposento, gorjeó dulcemente, sacudiéndose las alas. Pero con el verderón había entrado una corriente de aire frío, semejante á aguda saeta, que penetrando en el mal defendido costado de Natalia, le produjo mortal accidente; mientras el pajarillo secaba su plumaje mojado por la escarcha, entre los limpios encajes del lecho, su salvadora caía sobre la alfombra pidiendo socorro y derramando anchas bocanadas de sangre. Cuando acudió la anciana madre, que dormía en la habitación del lado, su hija expiraba, y el afortunado verderón, aprovechándose de la primera luz del día, escapaba por la roseta de un ventilador, sin guardar me moria de aquel gran sacriíicio. Ligeras gotas de rubíes brillaban en sus alas de esmeralda. BENITO MAS Y P E A T