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SE HIELAN LOS PÁJAROS Los inviernos son cortos y benignos en Andalucía, si se los compara con los del Norte; pero, como observa una locución popular, en los últimos días de Diciembre siempre se hielan los pájaros. La niña andaluza, acostumbrada á estar de bruces en su balcón, á pleno sol y á plena brisa, se aburre por las tardes tras el cierro, que asemeja torre encantada de cristales, y triste, porque ve morir ó languidecer sus plantas favoritas, babla con el canario ó con la cotorra, ya que no puede hablar con su novio, como en ¡as pasadas tardes de estío. í La poca familiaridad que suele tener con el l i carámbano y con la racha helada, le hacen ver p con maj or disgusto las invasiones de esos poéSíf. ticos copos blancos como el algodón y blancos como ellos mismos, que alguna que otra vez in vaden sus terrados y talan los tiestos de flores escalonados sobre las balaustradas. Años pasados, la Giralda, esa coqueta acostumbrada á sufrir los ardientes besos de nuestro sol, se cubrió de festones de hielo y dejó reposar bajo sus ajaracas y calados africanos á los genieeillos del Norte, que vinieron, sin duda por curiosidad, á preguntarle por Morayma, la esclava de Al- Motamid, y por María Padilla, á quien la fama popular tachó de bruja de alto copete. Mas ni una sola de nuestras bellas estoy seguro de ello, entreabrió el portier de su alcoba para disfrutar de aquel delicioso espectáculo, ni levantó la cabeza de la almohada, á ssai. pesar de no ser aquí muy común este capricho atmosférico; sus ojos, que abierto de par en par hubiesen derretido la nieve, permanecieron indolentemente entreabiertos hasta que el primer rayo de sol, penetrando de modo alevoso por las rendijas, fué á juguetear en sus retinas dilatadas. A la andaluza le incomoda el frío, no sólo porque es ascua de fuego, sino porque no sabe acomodar á sus formas, como la rusa ó la holandesa, la nutria, el gato ni el armiño. Su cuerpo, esencialmente estatuario, soporta apenas el raso y el terciopelo, y se adapta mal á las pesadeces del abrigo. Está acostumbrada al aire de la tierra; como la cierva y la gacela, no consiente sobre su piel pesados paños. Manila bordó para ellas sus mantones aeriformes, sembrados de flores ideales, que ni cubren ni pesan; y la batista y el percal, que suelen afear y empequeñecer á las mujeres del Norte, dan á sus cuerpos, que no tocan la tierra, ese sello de raza que las distingue y avalora. No es tan pueril como á primera ojeada parece la antipatía de las andaluzas á las importunas rachas de viento, porque la pulmonía reina entre nosotros en los meses crudos y hace victimas por todas partes; sin embargo, el pueblo miente; tengo la seguridad de que no se hielan los pájaros. Aduciré mis pruebas. Viviendo yo hace algunos años cerca de una de esas casas palacios que, como el llamado de las Dueñas y otros muchos, han venido á convertirse en la capital de Andalucía en casas de vecindad destinadas á las clases que pudiéramos llamar distinguidas, mas cuyos individuos no pueden sostener por sí solos escaleras monumentales, patios soberbios, amplios jardines ni blasonadas antesalas, sentí al amanecer de un día de Diciembre grandes lamentos, que me hicieron, en unión de varios amigos, acudir al solar donde resonaban. Penetrando por sus patios adornados de preciosas columnas, en cuyos capiteles campean aún los escudos víü r I