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506 BLANCO Y NEGRO ¡el 10.457! ¡el gordo! ¡el premio de los cinco mil duros! ¡veinte reales vale! y vuelta á empezar y á decir lo mismo. Todo se podría llevar con paciencia si los que habitan en las esquinas fueran como el guardia de orden público, que parece que la sostiene, cuando es ella la que le sostiene á él. ¡Cuantos sueños eclian en ella mientras los demás creemos que están ojo avizor! También es tolerable el Tenorio guardacantón. Allí está desde las ocho de la mañana con los ojos puestos en el balcón de ella, haciendo telégrafos, echando miradas furtivas hacia las dos calles que forman el ángulo, para ver por cuál de ellas viene el padre, y huir por la otra. ¡Ha dicho que en cuanto le coja le revienta! ¡Pues maldita la gracia que tendría eso! Pero el verdadero peligro de las esquinas es por la noche. Algunos, gente previsora y algo medrosiüa, tienen la precaución de no dar la vuelta á ninguna esquina de repente, y describen una curva, que no parece sino que van á poner un par de banderillas al relance. Los que no tienen esa precaución se exponen á grandes sorpresas. A tropezar con la boca de entrada de una alcantarilla, porque el vigilante nocturno de la tal boca se tumba á la larga y cree que con haber. puesto el farolillo rojo para que vea usted por dónde cae (y no para evitarlo) ya ha cumplido su misión sobre la tierra. A chocar con otra persona que lleva dirección contraria Y vuelve la esquina al mismo tiempo que usted. Esto no suele acarrear sino un pisotón en los callos y una nube de improperios: ¿Va usted ciego? Bien podía usted llevar su derecha y ver dónde pone les pies y no ser tan atolondrado Y si el sujeto con quien usted choca es urbano y bien educado, mucho peor, porque habrá lo de ¡Ay, caballero, usted dispense! ¡Qué torpeza la mía! ¡Pido á usted mil perdones! Pero eche usted mano al bolsillo del chaleco y se encontrará con que el reloj ha volado, aunque habrá quien diga, con el Gedeón del cuento: ¡Qué exageración! ¡Volar un reloj! ¡Ni aunque tuviera alas! También se expone usted á encontrarse, al volver una esquina, con una estatua yacente de Baco dormido, ó con una figura artística de Venus desgreñada Por todas estas razones y otras que omito para no hacer pesado el escrito, I digo yo que debíamos fijarnos bien en época de elecciones municipales en la persona á quien diéramos nuestros votos, y no elegir sino á los que solemnemente se comprometieran á quitar las esquinas. ¿Cómo? ¡Toma! Si yo hubiera de inventar el medio, no necesitaba concejales. Aunque á ellos es posible que no les agrade la reforma que propongo. Precisamente cuando un concejal está en sus glorias es cuando puede dar al prójimo contra una esquina. MANUEL MATOSES.