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DON PEDRO ANTONIO DE ALARCÓN Poeta hasta cuando escribía en prosa, y quizá más poeta en prosa que en Terso- -y hacia versos inspiradísimos- -Alarcón es de esos grandes escritores que dejan huella imborrable de su paso por el mundo de las letras. Grande y enérgica personalidad, destácase en primer término, con marcado relieve, entre los más ilustres novelistas de este siglo. Su opulenta fantasía, su ingenio peregrino, su talento sólido y amplio, su gusto irreprochable y su delicadeza y su ternura infinitas, imprimieron en sus creaciones el sello infalsificabie del genio inmortal. Imposible decir en un ligerísimo esbozo lo que Alarcón vale como escritor y lo que valia como hombre. Los que tuvieron la honra y la satisfacción de tratarle, saben que el hombre valia tanto como el escritor y que su amistad era inapreciable. Tenía verdadero don de gentes y la conversación más amena y chispeante que he oído en pij vida. Se llamó á sí propio El último abencerraje. Y con efecto, parecía un moro. Un moro que consagró buena parte de sus talentos á defender la religión cristiana. SANSÓN CAEKASCO. Tenemos la honra de insertar á continuación dos poesías inéditas de tan esclarecido ingenio: Me pones en las manos la cansada Citara del dolor, hermosa mía ¿Por qué, dime, de un alma quebrantada Buscas la melancólica armonía 1 Si pulieran volver las muertas horas En que los sueños del amor canté, Yo te brindara en música sonoras Del sentimiento la mentida ie. Yo te embriagara de ideal ternura Ál compás de suavísima canción Pero en la hiél tan sólo hay amargura, ¡Y es mar de hiél mi triste corazón! No me coniiundas, no, con esos seres Que te fingen de amor ardiente afán ¡Risa y llanto, y dolores y placeres, Sin sentirlos, tal vez te cantarán! Yo, entre las cuerdas de mi rota lira, Sólo encuentro los ecos del dolor... ¡Si te cantara amor, fuera mentira! ¡Maldita el alma que te mienta amor! ¡Ay del que un día un falso juramento Bebió en los labios de gentil mujer, Y hoy busca en vano en la región del viento Los ecos vagos de un perdido ayer! ¡Aydemí! ¡Ay del alma que en el mundo Sin alimento vive ni ilusión! ¡Ay de m que cual astro moribundo, Siento helarse mi pobre corazón; Creciendo en distinto edén, Viven unidas dos palmas; Cuando dos se quieren bien, Unidas así se ven Aun ¿n la ausencia sus almas. P E D E O ANTONIO DE ALAIiCÓÍí.