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492 BLANCO Y NEGRO Los prisioneros están desalentados. Saben que aquel mismo dia han de llegar á Argel, y ante tan horrible expectativa pierden toda esperanza. Blanca consigue hablar un momento con su primo Ferrán, á quien suplica, por el amor que dice profesarla, que si, como temen llegaran á desembarcar, clave en su pecho un puñal qne e l l a l l e v a escondido, Ast lo promete el pobre muchacho; ella, reconocida, le da un beso en la mano, que en Said hace el efecto de una banderilla. Y aquí fué Troya. Quiere matar á Ferrán, á Blanca, á su padre, á todos. Don Carlos, con la arrogancia que le es peculiar, insulta nuevamente al pirata, llamándole esto y lo demás allá. ¡Tal dijiste! A ver, mi gente, aquí todos. ¿No queríais los cuerpos de esos cautivos? Ahi los tenéis, matadlos! Y se los llevan, dejando allí á Blanca, que anegada en llanto (otra vez las lagrimitas) pide la salvación de aquellos desgraciados. Said, naturalmente, se deja convencer y promete salvarlos, pero en aquel momento baja á la cámara la tripulación un tanto sublevada, porque Juan el renegado, á quien pesan enormemente sus pecados, se niega á entregar los prisioneros. Ko es esta sola su queja: ven que Said se deja dominar por la cautiva, y también quieren su cuerpo. Pedían tantas gollerías, que el capitán no podía concederlas así de buenas á primeras, y mientras discuten este punto, Juan corre á cubierta y pone en libertada los marinos y soldados españoles, los cuales, apoderándose del barco, y capitaneados por D. Carlos, bajan á matará Said. y tal hubiera sucedido si Blanca, con generoso arranque, no interpusiera su cuerpo, armando su mano con un puñal (el de marras) y gritara: ¡Vida por vida! Ya habrán ustedes supuesto que Blanca y Said se amaban como dos tórtolos. Por eso, sin duda, impido aquélla la muerte de su amante, y por eso también guarda ahora cuidadosamente la puerta del cuarto en que Said está escondido. Sólo su padre se atreve á reconvenirla agriamente, pidiendo como rey, como Dios y como padre (que no por menos se tiene el buen señor) le entregue el infiel. Antes morirá ella que hacer tal desatino. Y ya iba el D. Garlos á descargar su ira sobre la pobre Blanca, cuando S a i d en persona s e presenta, arroja sus armas y se rinde á discreción. Pero, jay del que le toque! porque Blanca no ha soltado aún su puñalito y se matará en cuanto alguien le tosa. La situación es tan violenta para D. Carlos, que decide caer enfermo inmediatamente, y tienen que retirarlo de escena. Ferrán, el actual capitán del barco, va simpatizando con su colega y enemigo, y hasta se conmueve y renuncia á su amor al saber la pasión de su prima por el otro. Es más, hasta los protege. Sí señor, él proporcionará la fuga de Said, para lo cual va á dictar sus órdenes. Todo va á estar dispuesto en seguida. Los amantes, que ya lo son clara y francamente, s e despiden jurándose un amor e t e r n o sin limites. El volverá cuando buenamente pueda. Ella le esperará sentada. Y pierden un tiempo hermoso diciéndose ternezas y dando lugar á que D. Carlos vuelva con una pistola (que ha estado cargando mientras ocurrían estas cosas) y dispara sobre Said; pero el pobre señor, con sus achaques, tiene tan mala puntería, que hiere á su propia hija. Said la recoge en sus brazos, la proclama suya, y acercándose á la p o r t a abrazado estrecha. m? nte á Blanca, se deja caer al mar. Uno que se asoma á ver qué es de ellos, exclama; (i; Ni rastro! y termina el drama. ÁNGEL P O N S