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LA CAZUELA DEL PERRO uiLQüiERA que no fue e ele la casa pe habna atrevido á tocar la cazuela de Rolúcm en piesencia de éste! ¡Buenas pulgas tenia el dueño para consentir en que manos extrañas se aproximaran á la cazuela T ¿Para qué le servían ai no, aquellos dientes tan blancos y tan firmes en las encías, y aquellas garras á manera de S león rampanre. y aquella; fueri! a muscular y aquel tamaño? 1 lioldá ii era un mastín respetuoso con sus amos y aun f con los criado de sus amos, y, tal rez, con los amigos ó X con los parientes de sus amos. Pero nada más. Entendía, áVn manera, que la cama y las cazuelas que pusieran á su disposición, constituían propiedad particular muy lespetable. Ni chico ni grande que se hubiese aventurado á tocar alguno de aquellos objetos, habría escapado sin nn mordisco cuando menos. Y así y todo, aun era máS; generoso el peíro que su amo. Y más capaz de perdonar un agravio y aun más inteligente, al decir de los murmuradores. Había quien suponía que el perro conocía á su amo psicológicamente y que algunas veces gruñía para sí: ¡Qué perro es este hombre! Ingra- titud del can, puesto que, en cambio, solía decir de él, elogiando. su instinto, el dueño: -Este Roldan parece una persona; y yo le prefiero á muchos hombres, porque este no pide. Para Martín el hombre menesteroso era una plaga social. -Que economicen como yo- -decía cuando- su esposa se atrevía á. socorrerá un necesitado. -p, or otríi; parte, nosotros tenemos hijos, y privairles de e, ío, es un crimen. Eso era un perro grande ó nn perro chico Para Martin no había más quedos clases de hombres: Los que dan y los que piden. Los primeros, perfectos; los segundos, fuera de lii ley. -Lo primero es la familia. Elque no. guarda no tiene derecho á quejarse de sU; desgracia. -Dar limosna es fomentar la vagancia. ¡Buen plantel hay en, Madrid! Estas eran la, s teorías de Martín. Las cuentas del sastre ó las del zapatero, el alquiler de la casa, salario de un cHado, todos eran para él sablazos á domicilio. ü n día llegó a l a puerta de aquella casa, ignorand quien vivía- en ella, un antiguo amigo de Martín. Le acompañaba un niño é imploraba la caridad. Precisamente, salía el dueño cuando llegaba el amigo. ¿Qué se ofrece? -preguntó con sequedad el primero. ¡Martín! exclamó el infeliz; -no te había reconocido. -Sí Martín: el mismo, despacha y di. ¿So me habías reconocido y venias a mi casa? Las formas del amigo no eran afectuosas por cierto, y el pobre vaciló. Iba á relatar á Martín la historia de su desgracia, y cómo había venido á parar á tal estado. Pero él, atajando el principio del cuento- dijo: