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458 saca en un momento una dirección general vm empleo para un sobrino, un almuerzo y la esperanza de casarse con la chica del Ministro. TJn titulado pariente solicita la plaza de un empleado que aun no ha muerto. Don Blas, que también ya á pescar, no saca nada, porque ni siquiera arroja el anzuelo. Le da vergüenza. Por algo le llama simple el Ministro. Prepara el memorial, intenta acercarse, pero nada. Sólo, si, le ofrecen un retrato que se le cayó del bolsillo, pero que él no acepta porque no lo reconoce como suyo. BLANCO Y NEGRO El Ministro por un lado y la hija por otro andan muy preocupados con la del hotelito. La capitana, ya comandanta consorte, que ahora resulta una llevacuentos de tomo y lomo, cuenta á D. José, desinteresadamente y sólo á titulo de agradecimiento, lo que de él y de la del hotelito se murmura, y, lo que es peor, que su hija ha olido algo y conviene tomar precauciones. El Ministro responsable quiere decir á su hija lo que de verdad hay en el enverjado jardin; pero como no encuentra forma, otra vez la providencia de las comedias, se manifiesta, y también en forma de carta. Esta la escribe la cjiica del hotel, quejándose de las ausencias prolongadas del Ministro. Éste hace su composición de lugar en f onna de monólogo desahoga; da ni tales, garbanzos; ¡para él los quisiera! Con esta confesión van quedando las cosas y las personas en el lugar que les corresponde. Sólo uno, Pepe, vive aún engañado. Ha sabido lo que del Ministro y su novia la del hotel se dice, y viene ofendido, rabioso, á hacer una que sea sonada. Quiere, por el pronto, romper la credencial que tantos sudores y afanes costó á su padre, arrancar de allí á su familia; pero no puede ser. El correo (otra vez las cartas) llega y es preciso que el nuevo secretario comience sus funciones. A D. Blas se le han olvidado las antiparras, pero no importa: allí está su hijo, que puede sustituirle por el momento. Se resiste, se niega, mas ál fin, rabiando, accede. Y aquí viene lo gordo. La hija del Ministro, la que nosotros conocemos, devuelve á su padre la consabida carta que debió perder, dice ella, porque la encontró en el suelo. Esta es la ocasión de despejar la incógnita. -Señor secretario interino, empiece su misión leyendo esta carta. ¿Qué dice? ¿Cómo? ¡Esposible? Ah! ¡Oh! etc. etc. Todas Una amiguita de todo el mundo y esposa de un capitán, se agita cuanto puede para conseguir el ascenso de su marido que no tiene más méritos, segiln ella, que ser buen mozo. Trata con mucha confianza á la hija del Ministro. Esta capitana es la que nos a á dar noticias concretas sobre lo del anónimo. Muy delicado es tratar tales asuntos con una muchacha soltera, pero ya que se trata de la y acuerda ante sí hacerse el distraído, dejando ia carta donde su hija pueda verla. Y ésta, naturalmente, la ve y la lee, que por algo es mujer y curiosa j tiene más talento que su padre, y por la carta sabe que no hay tal apaño ni tales líos, ni tales carneros, sino una hija, otra, que el Ministro habia tenido de no se sabe qué ministra. Parece que aquí debia tranquilidad de una familia, será preciso. En efecto, el Ministro tiene un apañitp. Una muchacha muy mona, muy joTeu y que habita un hotelito allá al final de la Castellana. Ella la conoce sólo de vista; tiene, por cierto, un hoyuelo que la hace mucha gracia. ¿Será acaso la del retrato de D. Blas? Mire usted qué diantre ¡la misma! En fin, y para que ustedes se enteren pronto, la novia de Pepe, que por razón de Uainarse Pepe, como el Ministro, da lugar á que la dedicatoria del retrato (que él. olvidó en la levita) se orea escrita para el Consejero. terminarse el enredo; pues no señor, que ahí vienen D. Blas, su señora y su hija. Y lo que D. Blas nunca hubiera dicho, lo dice muy lisa y llanamente D. Bárbara á la hija auténtica y legítima del Ministro, es á saber: que necesitan un empleo cualquiera, porque se están muriendo de hambre, asi como suena: hambre. Los presupuestos y los pretendientes no dejaban tiempo al D. José para ver las cosas como eran, y de ahí el que, aunque suponía á D. Blas en muy buena posición, se le antojara, quieras quejno, darle un empleo, el de secretario, que por lo visto estaba vacante esperando el momento. Don Blas acepta ¡no había de aceptar! y consentido ya en su secretarla tiene que confesar, en un momento que la ve en peligro, que no hay tal posición las exclamaciones que son de rigor en estos casos. ¡Su padre! -Se abrazan, se besan, ríen, lloran y hasta creo que bailan. Se prometen mutua protección y ayuda, y aun al final hay un alma caritativa, D. Bárbara, que se acuerda del infeliz novio de su hija, del de las tres pesetas y el puntapié, para decir que aun está sin colocación, ÁNGEL P O N S