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TEATRO DE LA COMEDIA LA CREDENCIAL se resiste á solicitar nada de nadie: un hombre de tantas esperanzas, de tanto porvenir... Pero, en fin, porque no diga D. Bárbara... El resultado no se hizo esperar. Pepe vuelve á mitad del camino porque le da vergüenza; el novio de la chica ha sido arrojado por un portero del primer Ministerio a que llegó, con un puntapié, y motejado de méndigo; D. Blas, y aqui es donde había niás esperanzas, llegó comedia entres actos y en verso de D, Miguel Echegaray, estrenada el dia 10 del corriente Don Blas es un simple; asi se lo han dicho siempre, y 61 está muy conforme. Un pobre hombre que no ve más allá de sus narices y que, rodeado de privaciones, deja pasar los días y los años y que su mujer y su hija trabajen para comer, sin que á él se 16 ocurra buscar un medio de vida más llevadero. Tiene un hijo talludif o que ya ha terminado la carrera de leyes y que más que un abogado parece un Iglesias, por su afición á la oratoria hueca. E n el momento que hacemos conocimiento con esta familia, están en una situación un poco apurada. Don Blas acaba de empeñar la levita (que á un tiempo servia para el padre y el hijo) y el casero insiste en su manía irritante de pasar el Tecibo todos los meses. Mientras D. Blas y D. Bárbara (suse- ñóia) presentan sus excusas al casero y tratan de darle l a r s quedan solos el abogado, orador, su hermana y el novio de ésta, mozalbete. más tímido, si cabe, que D. Blas, y con todo un capital de tres pesetas, pero, en cambio, con unas ganas de casarse sólo comparables á las de la muchacha. Entre los tres no cuentan con dinero para zapatos, pero si con grandes esperanzas y no menores ilusiones. También fepe (conviene que sepan ustedes que el abogadillo se llama Pepe) está enamo- zudo de los intrincados problemas económicos. Claro está que estas cosas no ocurren á los ministros efectivos en lá nómina, pero ahí e 3 tán para las comedias los ministros de guardarropía. Tenia el tal Ministro una hija más lista que él, que asipuede suceder á los ministros que tengan hijas, que se preocupaba de las horas á que se retiraba S. E. y hasta le pedia cuenta detallada de la inversión de tales horas, dando más crédito á los periódi- al Ministerio de Hacienda; esperó la llegada del Ministro, su antiguo compañero de estudios, y cuando adelantaba una mano para estrechar la del Consejero, recibió de éste dos pesetas, y ni un saludo; pasó de largo, sin co- nocerle y tomándole por otro méndigo. En lugar de esperanzas traían nuevos y mayores desalientos. Siempre hay una providencia que en las comedias se manifiesta en forma de carta, y ésta y aquélla llegan en manos de la criada. Es una invitación cariñosa del propio Ministro, cos que á su propio padre. No sé si esto será muy corriente entre los ministros, pero se me antoja que no. La chica había interceptado un anónimo peligroso dirigido á su madre, y se proponía averiguar lo que en él hubiera de verdad. Ya veremos más adelante cómo se las compone. Admiremos ahora el despacho de un Consejero responsable. Aquello es un remanso. Todos vienen con la caña preparada para llevarse algo en el anzuelo. Un Diputado triguero y latero como pocos, como ninguno. rado: unos amores románticos, muv románticos, casi inverosímiles: una noche de luna, de mucha luna; una verja: tras la verja, un jardin en medio de él, un hotelito; dentro un piano, y sentada á él una mujer, una niña aun, que toca y canta ¡ven- i) y Pepe, que precisamente estaba en aquella noche y en aquel momento apoyado en la verja, oye lo de ¡ven! y dice ¡allá voy! Esto es todo; ni él sabe quién es ella, ni ella quién es él. Para los muchachos la cosa era muy agradable, muy ideal, pero D. Bárbara se encarga de la parte real. Nó hay dinero; la situación no puede continuar asi; es preciso buscar algo. El que no tiene, solicita, molesta dice la buena señora, y los tres se sientan á redactar memoriales con que molestar á amigos y no amigos. Don Blas escribe á un su antiguo amigo, actual Ministro de Hacienda; el novio de la muchacha hace un memorial que pueda servir para todos los ministros, y Pepe ¡ahí Pepe del de las dos pesetas. ¡Pronto, las botas, el sombrero, el pantalón, la levita! Ko; la levita no está No hay que apurarse; se desempeña. -D. Blas, aquí hay tres pesetas. -Papa, aquí dos. -Señorito, aqui un duro. -Sablaceo general y vamos viviendo. Don José de Vargas y Tal, Ministro de Hacienda y antiguo amigóte de D. Blas, se tomaba verdadero interés por los asuntos de su cargo, y hasta en el sagrado de su casa misma consagraba horas y horas al estudio concien-