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BLANCO Y NEGRO 455 A la hora de comer es cuando hay que ver aquello. Alrededor de una gran mesa, cincuenta ó sesenta abortos de la naturaleza, á cual más espantoso) comeny charlan, armando un ruido de todos los demonios. t ¿Quién puede deci que éstas son las hechuras del Criador? ¿Qué ley natural ha presidido á la concepción de tales individuos? ¡Oh, qué deforniidades! -exclamaba yo; y mujer sin brazos, qué cose con los pies, me vo, y dijo: -Pues ¿qué diferencia hay entre mi mOdó de T V BI de la Véñús de Miló? f iolialii e- t i fuiuMenita- -como la llamaba el amigo que iba acompañándome -que elque no se consuela es porque no quiere, -ü n gigante, con la fisonomía más estúpida, le estaba echando vino ensu vasoá: la mujér con barbas. La mujer sin brazos se dejaba dar de comer por uno de los enanoSj que la trataba, con especial cariño. Enfrente, un joven, que tiene la cabeza completamente caída sobre la nuca, tomaba las posturas más raras posibles, para contemplar á una albina, de la que decían los comensales: qué estaba enamorado, ü n extraño personaje con todo el cuerpo lleno de figuras, palabras y signos cabalísticos, resultado sin duda de muchos años de presidio, hablaba de política con un cíclope de carne y hueso que nos miraba con su único ojo, como extrañándole nuestra visita. Había en el centro de la mesa una mujer cuya piel estaba cubierta de escamas como la de una merluza, y que no era fea, aunque escamada; y el hombre- pez, á quien enseñan en SU barraca dentro de una tina, estaba hablando sobre sus viajes al corazón del África y sobre la existencia de los antropófagos. -Pues y tú que estás comiendo pescado ¿qué eres? -decía su vecino el hombre- cañón, que tiene, por cierto, voz de tiple. Después de comer, los fenómenos juegan á la lotería ó al billar, y muchas noches se improvisa un baile- -Pero ¡qué baile I- -nos decía el mozo del comedor. -Eso es lo que debieran ustedes ver. Al son de un organillo que se paga á escote, saltan y brincan los que tienen pies, y los demás alborotan desde sus bancos, armando el ruido más infernal que imaginarse puede. Indudablemente será este baile monstruoso un cuento de Hoffman. -Y ¿son mala gente? -No, señor- -dijo el camarero; -es raro que haya discusión. Las únicas que suelen surgir son por cuestiones de amor propio. ¿Cómo? Porque el gigante, por ejemplo, cree que es superior á todos sus amigos, ó porque la mujer con barbad desprecia á la que levanta dos arrobas de peso con los dientes. Se oyen discusiones muy graciosas