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%1 S o t e l áe los S e óineip Decía ilarmontel que el gran mundo es un baile de máscaras; pero de París pudiera decirse que es la gran casa de locos de Europa. La diversidad de tipos y costumbres, el culto de lo extraordinario ó de lo estra; falario, la monomanía de llamar la atención, el afán de salirse de lo natural, la cons- BMi. tante exposición de extrañas personalidades A jftí jgHK tf. g a gK v x: que acuden de todo el jP MiSHl SttEiBítóL. mundo conocido, todo esto constituye el encanto del observador. Y á veces, donde menos pudiera uno figurárselo, encuentra nueva ocasión de estudio sui generis. Por ejemplo, el Hotel de los Fenómenos. ¿El Hotel de los Fenómenos? dirá el curioso. ¿Qué viene á ser eso? Lo que su nombre indica. Un hotel donde no habitan más que los fenómenos de las ferias. ¿Quién no ha visto en las barracas de las ferias de su pueblo esos esperpentos horribles, la niujer con barbas, el enano con dos cabezas, el domador de gatos, la giganta extremeña, la mujer- pez ó el hombre sin brazos? Pues imagínese la cantidad de estos monstruos que vendrá á París á- exhibirse en las ferias de extramuros, y el conjunto que debe ofrecer un hotel donde no habita sino gente de este jaez. Dudaba yo de que el establecimiento existiera, por más que algunos periódicos, y en diferentes ocasiones, habían hablado de él ligeramente. Ayer la casualidad me llevó á Pantín. El hotel está allí. En una especie de caserón de planchas de hierro, sucursal del antiguo Hotel de los Monstruos, que existía hace algunos años en el camino de la Revolte y que ha desaparecido bajo el pico de las demoliciones que han agrandado al París moderno. El patio de este hotel se parece al de todos. Un gran vestíbulo en el que no se ve nada de particular: después, el comedor en el fondo. r- 3 L, i s, afTf i