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I G I K O A todas las clases sociales, á los ricos como á los pobres, á vosotras, mis hermosas lectoras, y á las migajitas que os rodean y os encantan en el rincón de vuestros hogares, me dirijo en estas líneas En nombre de la caridad, y en nombre déla patria, corramos á cerrar una de las puertas por donde se escapa nuestra existencia; volemos á defender esas vidas que se van, como si renegando del suelo en que han nacido, optaran por convertirse en ángeles del cielo. La mortandad de niños es espantosa, pero la de los niños abandonados, la de esos infelices seres que no saben lo que son los besos, ni las caricias, ni el calor que nosotros tuvimos de nuestras madres; esas criaturas humanas, mal atendidas por estrecha caridad, lloran de hambre, se mueren de inanición; y si vierais sus ojitos llenos de lágrimas y sus manitas abiertas, parece que al dejarnos tan sólo piden un pedaoito de pan para los que entre nosotros quedan. Los países fuertes y bien organizados prestan una atención preferente á tan vital asunto; aquellas casas de maternidad son tan admirables, el esmero es tal allí dentro, que son rarísimas las mujeres pobres que mueren asistidas en aquellos hospitales, donde la limpieza, el orden, el buen gusto, todo se consulta hoy para que la pobreza no sufra, para que aquellas infelices mujeres no sientan mayores penas y en cambio és muy frecuent- e ver desaparecer á la joven madre que, al serlo, se halla rodeada de comodidades, de lujo y de felicidad, y la cual no ve que en cada pliegue de las colgaduras de su lecho, en cada bullón de sus cortinajes hay tal vez un nido de polvo que en j gendra un peligro para su salud. En esos países se cuida mucho, muchísimo, de los niños, se ve en ellos siempre la necesi dad de amparo y se protege en ellos á la patria venidera. Yo recuerdo con indignación un día que en una calle de Madrid un guardia de orden pú I blico obligaba á una niñera á conducir por f medio del arroyo el cochecito del niño que lo ocupaba Prescindo del empedrado de núesj tras calles, salto por cima de todo género de consideraciones, y cuidado que se vienen en j tropel á la punta de mi pluma; sólo sí haré constar que, si aquel guardia era un estúpido, lo eran más sus jefes, que no cuidaron de de 3 cirle: Los niños irán por todas partes. Esos ¿seres ante quienes las flores se inclinan, y en quienes las tortolitas creen ver hermanos suyos, pasar deben á la par del Eey, porque S. M. es un niño, que si el Rey fuera un hombre, los niños deben pasar antes que él.