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BLANCO Y NEGRO 441 fecha en que empezó) y por sus condieiones físicas principió desempeñando el trabajo de dama de caráctesr. Con decir que es discípula de Romea, se dice que es actriz de la buena escuela. Dio sus primeros pasos, practicando el gran arte, al lado de su maestro, de Teodora Lamadrid, AMero, Arjona y otras eminencias que desgraciadamente no han sido sustituidas en la escena patria. Aquella primera etapa de la vida artística de B. albina Valverdeno es- -y esto se comprende desde l u e g p la más brillante, de su carrera. Gon decir que en los comienzos de tan difícil arte supo hacerse notar al lado deaquellos colosos, queda hecha la apología de esta actriz. En el Español, en Jovellanos y en el Circo de la plaza del Rey, hizo rnuy buenas campañas. Aunque ya gozaba de merecido renombre, puede asegurarse que el período más brillante de su can era gloriosa principia con la inauguración del teatro déla Comedia. Y esto se explica lógicamente. -La apertura de ese teatro para cultivar un determinado género, con exclusión de todos; los otros, había de favorecer naturalmente, á aquellos artistas cuyo temperamento encajaba de lleno en el género aludido. El teatro de la Comedia, que respondía é una necesidad justaniente sentida, traía por bandera el signifi- cado de su nombre; y Balbina Valverde, actriz esencialmente cómica, encontróse en aquel coliseo como el pez en el agua. Cinco temporadas brillantes hizo en la Córnedia, y con el mismo brillantísimo éxito lleva doce témpora- das en Lara, donde ha venido á ser una verdadera institución, é institución altarñente simpática, conio lo. son todas aquellas que nacen del sufragio universal; y cuenta que en la esfera artística no hay Romero Robledo capaz de falsear unu elección. i Sin pretenderlo, y por maravillosa intuición, es Balbina Valverde una actriz á la manera francesa, en punto á naturalidad. Posee en alto grado esa difícil facilidad que representa la verdad misma y que en el mundo del arte es la perfección suma. Bestaca la frase cómica é intencionada sin aparente esfuerzo, sin artificiosa preparación, sin darle, al parecer, el valor que tiene, y asi, como quien nó dice nada. Y el efecto es seguro, positivo y de buena ley. Véase cómo define Coquelin la naturalidad del teatro: Decir, indudablemente es hablar (nunca debe ser cantar) pero es dar á las frases y palabras esenciales su valor propio; unas veces pasando sobre ellas apenas desflorándolas, otras, por el contrario, pasándolas con una inflexión de voz; esto es, distribuir los planos y los relieves, las luces y las sombras. Decir es modelar. Es un mal actor él que dice demasiado, el que todo lo detalla con igual cuidado, que no sabe, cuando conviene, contentarse con ambas superficies, para marcar en seguida, cincelándolos, algunos rasgos importantes. Si hay afectación en querer ser natural á toda costa, la hay también en pretender que, venga ó no á cuento, se sienta al artista. Decirlo todo es demasiado decir: entre los dos extremos está la verdad. He ahí la teoría de Balbina Valverde, llevada á la práctica por la eminente actriz mucho antes de que el célebre actor francés publicase su notable estudio sobre el teatro. Para volar tan alto hacen falta ingenio peregrino y sólido talento, y Balbina Valverde ha sido espléndidamente dotada en tal sentido. Tiene, además, un no sé qué, no aprendido ni estudiado, que subyuga y que fascina Como ella no necesita de la adulación, y el que esto escribe no sabe practicarla, han de quedar tarábién consignados aquí los defectos de que adolece, que el mismo sol tiene manchas y no hay en lo humano obra perfecta. En mi pobre opinión, la Sra. Valverde descuida un tanto el caracterizar j el ¿JesfoV algunos de los vanchos personajes que interpreta. El ideal del arte de la declamación sería que la personalidad del actor desapareciese por completo, quedando tan sólo la creación artística, es decir, el personaje imaginado por el autor é interpretado por el cómico. Ya sé que en ese punto la perfección es imposible: se necesitaría una cara de goma elástica y un cuerpo de cera; pero los artistas, los grandes artistas sobre todo, están en el deber de variar, en lo posible, sa, exterioridad, según las exigencias del personaje que interpretan. Quizá la uniformidad que algunas veces se observa en esta artista notabilísima, obedece á la uniformidad de las obras y de los papeles que se la confían. Distribuyase equitativamente la responsabilidad; pero el hecho existe y debe quedar consignado. E s muy posible también que ese pequeño defecto á que me refiero, en lo tocante al caracterizar y vestir, obedezca al exceso de trabajo, y, como consecuencia natural, al cansancio que ese exceso de trabajo ocasiona. En tal caso, ese es uno de los inconvenientes de la celebridad, y, como dejo dicho, los grandes artistas tienen grandes deberes para con el público.