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¿Les gustan á ustedes los datos estiidístieos? ¡Oh! ¡A mí me encantan! Un sabio que no tenía nada que hacer, ha averiguado que u n hombre come al día alimentos que pesan 3 kilogramos y 200 gramos. Ahora pueden ustedes, si están tan desocupados como el sabio, echar la cuenta de lo que come un hombre al cabo de una semana, de un mes, ó de un año. Yo diré, tomando el dato del sabio, porque no tengo tiempo para hacer ntimeros, (jue en setenta años ha devorado un hombre 80.000 kilogramos de alimento. Para transportar ese alimento, se necesitan unos diez vagones, casi un tren completo. Ahora hagan ustedes el favor de considerar lo que un hombre sería á los cincuenta años si todo se quedara dentro. ¡Yo me horrorizo al pensarlo! -Pero, señor alcalde- ¡Ordeno y mando! Lo puso en el portal de su casa. ¡Quite usted ese banco del poital! -decía á gritos. ¡Señor, en alguna parte ha de estar! -Xo lo consiento. ¡u herrar ó quitar el banco! ¡Quitar el banco! ¿Y si usía necesita pongo por cato, unas medias suelas? ¡Tres duros de multa por venirsenie con alusiones personales! Ahora que ha oído decir que hay crisis, está el veterinario lleno de alegría. ¡Vamos á ver- -dice- -si los que suban proclaman la libertad de herraduras! Sino, no voy á tener más remedio que meterme á concejal. ¡Oh! ¡El caciquismo! líse título me huele á El Mensajero de las gallinas. ¡Puede que el ruso sea algún pavo, y la cosa varia mucho! ¿Se acuerdan ustedes de que un francés, Mr. Ader, andaba tras de un aparato para poder volar? ¡Pues cosa hecha! vamos, que ya está inventado. Esta noticia debe causar gran regocijo á los depositarios de fondos públicos. Porque en lo sucesivo cogerán los cuartos que están bajo su custodia, se pondrán el aparato y ¡vamos! con aparato se simplirtcan mucho los procedimientos. Sor supuesto, hay que advertir que el sabio no ha hecho sus estudios en un maestro de escuela. Porque un maestro á los cincuenta años, viene á ser una especie de bacalada. Con ropa y todo pesará un par de kilos, ó cosa asi. Cuando yo sea ministro de Hacienda, al capitulo de Insirucción le titularé Gastos de abadejo. ¡Francamente, la literatura que usan nuestros gobernadores civiles me revienta! El gobernador de Lérida telegrafiaba el otro día diciendo: La crecida del río Segre disminuye rápidamente. Señor Gobernador: Si disminuye, ¿cómo ha de ser crecida? Si crece, ¿cómo ha de disminuir? Si yo fuera ministro de la Grobernación, hubiera remitido otro telegrama diciendo: Correo remito tratadito de Sintaxis. Buen provecho haga. Los chinos han adoptado otro procedimiento europeo de progreso. Han establecido el sistema monetario. Hasta ahora usaban barras de plata para sus operaciones comerciales. Compraba un chino un objeto y para pagar sacaba una barra, cortaba un pedazo y paz. Ahora acuñan moneda y están con la innovación muy contentos. Y eso que no conocen todavía las delicias de una moneda. Ya verán cuando lleguen un día á pagar una cuenta y les digan: ¡Esta peseta es falsa! ¡Da eso un gusto! Comprendo que inspire tanto horror el caciquismo. E n Valverde de la Vera hay un alcalde, como es natural, y un veterinario, cosa no menos natural. Pues bien. El alcalde y el veterinario están á matar, y en la lucha, ¡claro! resulta el veterinario vencido. Pero ¡vaya una lucha! El alcalde la ha tomado con el banco de herrar que tiene el veterinario. Le tenía á la puerta de la calle, y, ¡Que me quite usted de ahí ese banco! El hombre llevó el banco al corral. -i Que no quiero el banco en el corral! ¡Ojo con los rusos, señores míos! Un ruso ha matado á tiros á su mujer, á su suegra, á sus siete hijos y á sus tres criados. Y no mató al casero, porque vivía en casa propia. En fin, que en Rusia ha llegado también la época de la matanza. Hay que advertir que el periódico que me da la noticia dice que lo ha leído en el Gallignaris Messenger. ¡Me escamo! Señores, ¡gracias á Dios que hemos pasado los días de los tenorios! El domingo pasado tuvimos en Madrid 16 tenorios, 16 Comendadores, 16 Ineses del alma mía Recuerdo que por la noche jllegué á mi calle y grité: ¡Sereno! Y me contestó el tal: -Allá voy, señor Tenorio. ANDRÉS COEZUELO.