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428 BLANCO Y NEGRO -Este emperador, esclavo: de sus deberes profesionales j además de las molestias. de. un. trabajo tan rudo como el que. realiza, siendo á la vez actor, director y empresario, sufre otras molestias más penosas todavía. Los actores dan. mucho que hacer, y aunque. Mario gobierna su teatro autocráticamente, no deja de tener quebraderos de cabeza en ese sentido. Pero conoce eí Jaüo ytiene su sistema. E l actor que sueñe con imponerse á Mario padece un error lastimoso. Con perfecta tranquilidad deja que se marche el artista más importante de su compañía, antes de sufrir la más pequeña imposición. Los que más le dan que hacer son los autores que en otro artículo he calificado de lóeos jJcicijicos. Por razón de su cargo, Mario escucha en el transcurso de cada temporada un número crecido de obras incalificables. Pudiera decirse, empleando un término vulgar, que continuamente le están dando la lata. Pero él, hombre práctico ante todo y de extraordinaria fuerza de voluntad ha ideado el medio de escapar, hasta cierto punto, de esas incomodidades de las lecturas fastidiosas. A la segunda ó tercera escena de toda obra se apercibe Mario de si vale ó no vale la pena escuchar aq uello. En esto último caso- -que es el más frecuente- -tiene el don maravilloso y envidiable de sustraerse por completo á la lectura. Parece que escuha, pero está muy lejos de allí con el pensamiento. Mientras el autor voroita sin inteirupción versos 6 prosas, Mario está pensando- -dueño de sus facultades- -en los ensayos del día siguiente ó en el próximo estreno, ó en la función del domingo por la tarde ó en otra cosa: en todo menos en aquella lectura. Ello es que no pierde el tiempo. ¡Cómo envidio á Mario esa cualidad de la ah- stracción! Después de una de esas lecturas, Mario dice, modestamente, que la obra es superior á su cuadro de compañía, ó que no es propia para el marco de su teatro, ó pone, en fin, algún otro inconveniente para llegar á la conclusión de que no puede admitirla. Como término de este boceto, referiré un hecho graciosísimo que le ocurrió á Mario con uno de esos lectores, el cual exigió, formalmente, que el ilustre actor le hablase con toda franqueza respecto del valor de la obra que le iba á leer. Hay que advertir que todos los autores q e no lo son, piden esa franqueza y luego se incomodan si de la franqueza resulta que 1 a obra es una tontería. Mario, cumpliendo el deseo de aquel autor, le dijo que la obra era mala, pero muy mala, y que si se representase la gritarían con ensañamiento; razonando lógicamente su opinión. -Doy á usted muchísimas gracias, Sr. Mario- -contestó el autor- -por haberme desengañado, usando conmigo la leal franqueza que he exigido; y como tengo en mucho su opinión, no abrigo ya la menor duda de que mi obra es mala. -Malísima; aunque me esté mal el decirlo. -Ahora, Sr. Mario, sólo tengo que pedir á usted un favor. ¿Qué favor? -preguntó D. Emilio, creyendo que ya se trataba de otro asunto. -Que me represente usted esa obra. No cuentan las crónicas si Mario se desmayó. Pero debió exclamar: h! (con estrañeza) CÓRCHOLIS, LA TENORIOMANIA, POR ROJAS km X P ¿v