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B LAN 0 0 Y NEGÉO 427 Aclarado e? é punto interesante, y tranquila mi- conciencia soVire el particular, por mi parte no tengo ningún inoonve ieate en seguir llamándole Emilio Mario. La época más importante de su vida artística principia en el teatro de la Comedia; pues aunque antes se había ya señalado. eij el teatro Español y. en otros coliseos de la corte como actor de excepcionales facultades, su influencia en el arte iatt ¿Lecmvá al ser etüpresario, primer actor y director, todo en una pieza, tomando posesión del mencionado teatro de la calle. del Principe. Como actor es. verdaderamente notable; y parece más notable aún porque posee una cualidad que es rarísima en la geneiaÜdad de los actores. Esa cualidad es un conocimiento profundo é imparcial de sus propias facultades. Sabiendo perfectamente lo que le va bien y lo que le va inal, y teniendo, como tiene, la sartén por el mango, se reparte ios papeles con arreglo á sus condiciones, y va derechamente y sobre seguro á los grandes éxitos. (Los ha tenido de priaiora magnitud. Se ha distinguido durante muchos años en los papeles de galán cómico y en los de característico. En estos últimos ha procurado imitar ségún le he oído varias veces- -á su maestro Fernando Ossorio. Los que han conocido el modelo, afijman que laimitación vale tanto como el original, y que lia llegado, por propia inspiración, á realizar verdaderas creaciones. Ese coriocimiento que tiene de sí propio, y ese buen sentido, que nunca le abandona, le retraen al presente de la interpretación de los papeles de galán joven. Dice que ya está viejo y gordo para e o. He conocido y conozco muchos artistas de fmbos sexos, que, precisamente cuando ya no les ayuda la edad ni la figure, es cuando se emporran en burlar el arte y la naturaleza, representando personajes de cuya verdad. plástica no pueden convencer al público. Mario no há caído en- esa debilidad, siendo todavía, como es, relativamente joven. Es una prueba más de su gran talento. Ta perfeccionando cada día su trabajo de característico: en ese género es una eminencia, y por desdicha, lo único que queda. Hace otros muchos papeles de otros géneros bastante bien, y sobre todo, con su dirección hace brillar, en ocasiones, á algunas medianías. Porque, eso sí, como director hay que quitarle el sombrero digo hay que quitarse el sombrero delante de él. En ese sentido su mejor cualidad es la que más molesta á los actores que están á sus- órdenes. Don Emilio entra en el escenario a l a s doce ó la una del día, y está allí? Haff 7i afaM ío y haciendo repetir escenas y conceptos hasta las seis ó las siete. Así salen las comedias que él dirige! Se pueden ver. Pero... Como el mismo soltiene manchas y no hay obra humana que alcance la suma perfección, también la dirección de D. Emilio tiene sus pequeños defectos. Á las veces extrema y recarga los detalles hasta lo innecesario. En alguna ocasión se ha dejado influir más de lo conveniente. por el método de declainaóión de escuelas extranjeras, cuyos tonos principales resultan amanerados para nosotros. En su afán de buscar la novedad y la perfección, hubo una época en que entendió láario que uno de los primores de la naturalidad era hablar bajo; y tenía que ver el público de la Comedia, inclinado hacía adelante con la mano sobre la oreja, en forma de abanico á eT: Sí poAia, pescar algo. Entonces era frecuente oir decir: Qué bien 2o í? e 5 í hacerl La más exquisita naturalidad debe ajustarse, sin embargo, al convencionalismo escénico. Lo mismo que cuando en el teatro se come de verdad! Mario lleva este det. jlle hasta el extremo de encargar esas comidas escénicas al más acreditado fondista de la corte. Por ventura, cuando se envenena un personaje, ¿toma veneno a- wténtico? El arte consiste, precisamente, en hacer pasar por realidad lo que es pura ficción. Así y todo, Mai- io es el número uno de los directores de escena; y es preferible que peque por carta de más que por carta de menos. Algunos escritores aiiimicos le han criticado su predilección perlas obras extranjeras y no hay tal predilección: lo que hay es falta de obras originales y necesidad de llenar las temporadas. Ésto, sin contar con que es conveniente dar á conocer las obras notables del extranjero. Siendo tan eminente actor y tan notabilísimo director de escena, lo más digno de estudio en Mario es su carácter personal, socialmente considerado. Puede decirse que es un carácter de una sola pieza. Lo que más hondo le cae es lo qup menos sale á la superficie. Maneja sus nervios con perfecta seguridad, y parece dotado de aquel fatalismo árabe que se formula diciendo con un expresivo encogimiento de hombros: Lo que ha de ser, escrito está. Hombre de pasiones vivas y de temperamento exaltado, cualquiera que no le conozca bien le creerá un linfático perfecto. En su primera juventud ha vivido mucho en poco tiempo. Como todo el que ha reñido grandes batallas en la lucha por la existencia, ha perdido, al devolver golpe por golpe, muchos de los sentimientos generosos y puros que en él eran innatos. Ha adquirido, en cambio, un conocimiento perfecto del mundo y una experiencia sólida y provechosa que le permiten abordar, con probabilidades de éxito, los más arduos problemas de la vida. En el desgaste continuo de las relaciones sociales ha llegado á ser un hombre frío, y, por consecuencia, egoísta. Encubre, no obstante, su egoísmo con las más atractivas, simpáticas y cariñosas formas de la cortesía. De todo lo cual se deduce quees un hombre de cierto cuidado, como suele decirse. Él sabe que en la constitución del humano organismo, el corazón está á un lado; y á un lado lo deja para echar por la, calle de en medio siempre que le conviene. ¡Hacebien! Las más negras amarguras del hombre nacen de áai- á esa. viscera una importancia capital. Mario es un oráculo en el saloncillo de su teatro, y jamás sufre la molestia de la contradicción; no porque él no quiera sufrirla, sino porque da la casuahdad de que, siempre están todos en todo de acuerdo con éL Como la mayoría de los poderosos de la tierra, él, emperador de las tablas, está condenado á no oir nunca la verdad, porque no hay quien se atreva á decírsela,