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BLANCO Y N E G R O El papel de la chica de Pantoja estalla encomendado un joven indigena que iba para cura, y tenía tan aguda la voz como romo el cerebro. Solía hacer de mujer en las comedias, y tan á lo TÍVO lo hacía el picaro, que á no pocos espectadores les gustaba en algunas escenas tanto como las damas jóvenes efectivas. (Sobre gustos no hay nada escrito. La intérprete de Brígida era ni más ni menos que la maestra de escuela, una buena mujer á quien le sobran las virtudes y le faltan los dientes. ¡Y qué pesarosa quedó de su atrevimientol Porque las ilumnas que la veían hacer muecas y desplantes en la escena, la perdie- 42 S ron el rospeto en la clase d e un modo escan d aloso. ¡No hablemos de Don Juan 1 Tenía sobre sí la administración de consumos, la secretaría del Ayuntamiento y una joroba de las más voluminosas q u e se han inventado. Y con que fe ti aba jaba! Decía los versos como quien escupe huesos de aceituna o espinas de bacalao, y tales abrazos dio á Doña Inés del alma suya, que incurríendr en las iras del celoso juez municipal por poco, va á decirles los últimos versos del drama á los ratones de U cárcel. 35 n su desafío con Mejía (barbero aplaudidisimo, por cierto) tuvo Don Juan un momento feliz le atizó tal pinchazo en un ojo á su rival, que el ojo cayó al suelo reventando un callo al traspunte. Si el ojo no llega á ser de vidrio, hay un disgusto gordo. Y, finalmente, de Don Gonzalo sé encargó un ricacho del pueblo, hombre dé muchos granos y con un asma tan acentuada, que si no bordójsu papel, por lo menos lo tosió perfectamente, cosa que no hacen todos los aficionados. Todo iba bien, vamos al decir; pero la procesión andaba por dentro; el encono de unos artistas con otros iba adquiriendo entre bastidores proporciones alarmantes y pasando de las palabras á los hechos; i durante. el tercer acto del drama, el escenario se convirtió en un verdadero campo de Agramante. A Ciuti le insultó Doíía Inés, en pago de atrevimientos poco decorosos. El barbero comenzó á pescozones con el seminarista, tal vez por rivalidad artística. E l Comendador salió á la defensa de éste, y como el teatro quedó medio á obscuras, arremetió el viejo contra la maestra, creyendo que zurraba al batbero, y éste le pegó un mordisco á Don Juan, quien estampó incontinenti un candelero sobre la cabeza debjuez. Los ratones, asustados, salieron de sus guaridas, aumentándola conñisión, que ya era imponente en la cuadra. Por último, el alcalde recibió tal puntapié del alguacil, por equivocación, que no pudo ponerse el sombrero por mano propia lo menos en tres meses; no porqué fuese la cabeza la ofendida, sino porque tuvo las ruanos ocupadas en rascarse la parte dolorida todo ese tiempo. Los gritos, los lamentos y la confusión sé hallaban en todo su apogeo, cuando, por si algo faltaba, un nuevo espectador se presentó de improviso en la estancia, sembrando el terror entre los ya atemorizados concurrentes. El espectador era ni más ni menos que un novillo escapado de no sé qué encierro, y que al pasar junto al teatro tuvo la ocurrencia de penetrar en su recinto sin billete ni nada. Asi acabó la función, sin más desgracias, aparte de las mencionadas, que el consiguiente malparto de la jueza y la rotura de dos patas, una del fiscal municipal y otra de la consola do Abderramán: III, ad. virtiendo que es costumbre inveterada entre los viUatufeños el que la representación de la obra concluj a de igu l modo todos los años. Por suj uesto que no hace falta ir allá para ver estuj- cnriio repie entaciones del drama de Zorrilla. sin movci e de esta viUa y corte podernos solí amos con 7 TOOJ- ÍOS económicos quenada tienen que echar en cara al de Yillatufos. J U A N PÉREZ ZÚNIGA.