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ROTH D 50IiO R Á la sombra de uno de los muros del Guadalmedina, cuyo lecho hay que segar para pasarlo ¡tan lejos está de la humedad! hállase Perico el gitano afilando el instrumento de la trasquila, muy receloso y echando miradas de soslayo sobre el armazón viviente de un burro que, todo cabizbaio, abre la desmesurada cruz de las orejas y muestra entre la trom petería de las costillas toda la retahila de anillos del espinazo. Con el lacio belfo convertido en largo columpio, el hopo fijo é inmóvil, y el ánima más dispuesta á volar al empíreo que ansiosa de sostener la pe r- lada gavilla de los huesos, el burro ni se percata siquiera délo- naque pretende el gitano, el cual insiste en sus miradas recelosas como si se tratara de fogose. alazán, y va y viene á su alrededor preparando la soga para sujetarlo, poniendo corriente y á la vereda el acial, y produciendo alegre tijereteo que advierte la presencia de Perico á los muchachos que juegan en los muros del río, Cha, qué potro! -dice u ao de los chaveas; -ni siquiá vale la pela. -Pos no ze prepara poco Perico. -Zi paece que ze le va á desboca. ¡Gayase! -dice á media voz uno de los pilludos- -y vamo á ve lo que jaze. El gitano vuelve la cara hacia el sitio en que están los chiquillos, ve la pared coronada de mala gente, y oliéndose que va á haber un rato de chusqueo, hace Un movimiento de disgusto, r Siempre á respetable distancia y adoptando grandfeimas precauciones, se agacha con una soga en