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BLANCO Y NEGRO 413 La admisión del Barón produjo algunas protestas por parte de las osciíWánías burguesas, que acallóla autoridad del esqueleto presidente. Se esperaba la llegada de las mujeres, que acudirían á la fiesta con flores amarillas prendidas entre la segunda y tercera costilla, y otros adornos de su sexo; pero las mujeres, siempre mujeres, no habían terminado su toilette. Como esqueletos de buen gusto, la primera parte del programa era el banquete con que los esqueletos viejos obsequiaban á ¡os nuevos. ISA menú no podía ser más original: consommé á la cremación, tortilla con tibias, clioquezuelus rebozadas, articulaciones á la peroné, costillas en su propio fósforo, licores y tabacos. Todo servido en homo- platos, la única vajilla allí conocida. No había duda de que eran capaces de hacer pteos de sus calaveras, como dijo Zorrilla. Después de celebrado el banquete, empezó el baile, un baile sumamente original, entre las carcajadas verdaderamente infernales y terribles de aquellas huesosas mandíbulas; orgía de huesos y danzar continuado, alegría saturada de imprecaciones y sonrisas de sátiros, todo triste y trágico en el reposo de la noche. Las palabras de amor en aquellos ámbitos de desolación eran un sarcasmo; los estridentes chillidos de las turbas zumbaban flagelantes, y todo aquel cuadro imponente y grandioso, siempre revestido de la misma nota. de la misma forma, del exterminio, de la destrucción, de la muerte. El Barón despertó. La fiebre había cesado. Abrió las maderas de los balcones para que la nueva luz refrescara su aturdida cabeza. Una hábil mano hería débilmente el teclado de un piano en la casa de enfrente. Se asomó y reconoció en la ejecutante á la del palco. ¡Extraña coincidencia! Tocaba la Danza Macabra. LUIS GABALDÓN. NOTAS CÓMICAS, POR CILLA -Como ustjd pon ¿ürá entregar el reló, el abrigo, y algo de gaita, para lo de Ooasnegca, mejor será que me lo entregue todo á mí, y yo mismo se lo repartiré á iás vítimas cuando pase pDr aquel pueblo. ¿Cóaio me preseuto yo este año en los salones, sin poder acreditar ni un mal descarrilamiento, ni la fractura siquiera de una tibia? ¡Qué vergüenza! Do 1 Juan, don Juan yo lo imploro de tu liidalga compasión! I Arráncame el corazóu, ó ámame, porque te adoro! Escena primera del saínete amormo representado hace pocos dios en la Delegación de Vigilancia de iin distrito de Madrid.