Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
412 BLANCO Y NEGRO La sala, como diría tin critico do salones, ofrecía un aspecto deslumbrador. Sobre el roio peluche ác los palcos se destacaban, como nota saliente del cuadro, bustos de mujeres liermosas, envueltos entre blondas y encajes; ojos negros atrincherados detrás de un abanico de plumas; todo lo más hermoso, lo más fascinador encerrado en palabras galantes y discreteos amorosos. La batuta del director señaló los pri meros acordes de la Danza Macabra, y el silencio se impuso. El Barón, reclinado indolentemente en una butaca y con los gemelos en dirección al palco en el que había aparecido una estrella de primera magnitud, percibía, como lejano eco de fiesta de gnomos, la extraña cadencia del vals que sirve de tema á la eminente página musical de Saint- 8 aens. Embriagado por la magia de- El concierto acabó con una marcha triunfal de VVagner, ese coloso de las notas. Los últimos acordes se perdieron en el buliicio áe fof ¡er, porque ya el Madrid elegante ¡lartía en los coches á la Castellana. El Barón no se sentía bien; quizá á la calentura que le abrasaba la piel no fueran extrañas las miradas de la del palco. Lo cierto fué que prefirió al paseo dar la orden de ¡á casa! cerrar las maderas de los balcones de su cuarto y acostarse; pero la fiebre, lejos de ceder, tomó más bríos, y le pintó de mano maestra una terrible escena de la Danza Macabra. El Barón había muerto. Los periódicos hicieron un artículo necrológico, los amigos le lloraron los parientes y lierederos se pusieron cuatro dedos de gasa en el sombrero, y á los ocho días nadie se acordaba del finado más que los pobres que le pedían limosna. Llegó la noclie de Difuntos. Después de dadas las doce en el reloj del cementerio, hora en la que hemos convenido todos para los sucesos extraordinarios, se oyeron en el claro silencio de la noche los acordes estrepitosos de clarines que partían de los últÍQ: os patios de aquella Sacramental. A aquel llamamiento extraño se movieron las losas y fueron saliendo de los sepulcros todos sus habitantes, que en formación correcta se dirigieron al sitio de donde emanaban los metálicos ecos. Una vez reunidos los seres del pasado, y cambiando, y más que cambiando chocando sus huesudas manos en señal de fraternidad hasta después de la muerte, se encaminaron á la habitación del conserje y se apoderaron de un farolillo que encendieron, y á cuyos reflejos pálidos, que herían el marfil de los huesos, leyó uno de los esqueletos la lista de los socios nuevos que habían ingresado en aquel año. Se dirigieron á las nuevas tumbas y llamaron. A la voz de ¡muerte y exterminio! salieron los esqueletos neófitos, y les comunicaron que aquella noche era la fiesta de la Muerte, la noche de Difuntos, y que habían do acudir al ceremonial de rúbrica. las notas, por aquella fiesta de espíritus, que tan bien traducía la cadencia rítmica, y por el aliento que, como perfume de rosas, se desprendía de la mujer, la imaginación acariciaba siluetas y contornos que muy bien pudieran dar vida á las figuras.