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BLANCO Y NEGRO namá escoltada siempre por Hoque, u n indio filósofo, pero manso, enamorado de ella desde muchos años antes, y que todas las mañanas, después de almorzar, la declaraba su pasión, fliosóficamc- nte por s puesto, envuelto en el tiumo de su pipa, de que era t a n adorador como de María. Pero layl que ella no podía olvidar las coplas que tan feliz la hicieron un día, y decide dedicarse exclusivamente á ellas, para lo cual, segiin los profesores de P a n a m á tenía condiciones excepcionales. Con el supuesto nom- 405 caballero, suplica, ruega y miente como die 7 y tríete cápate ees ofreciendo á María á cambio de su silencio, que irá á reí riTse con ella, que entonces podrá cantarla cuantas coplas quiera, que él las oirá con gusto. Pero, i ay, otra vez! que María lleva la muerte en el corazón, herencia de su m a d r e y aquella emoción la hace desvanecerse u n momento, lo bastante para que la gente se alarme y se a g ü e l a fiesta, porque por aquella noche no puede cantar la famosa Colomhini. Estes soponcios y estas entrevistas á puerta cerrada le h a n dado en- la nariz á la mujer de Alberto, y empieza A maliciarse que allí hay gato encerrado, ó, cuando m e n o s g a t a Se propone averiguar T. J- A l o q u e haya de v e r d a d para lo que le viene de molde l a i p i p a que Roque dejó olvidada, y qne ahora viene á recoger. Lo somete á un interrogatorio do pocos resultados, porque el indio ñlósofo se guarda, y sólo por alguna indiscreción de é s t e puede ella afirmar más sus Fospechas. Como las situaciones clarns son las mejores, ahí viene María, que, á pesar de su enfermedad no quiere eludir el deber de cumplim e n t a r al ama le la casa. Y ahora es cuando la mujer, sí no es tonta puede saberlo todo. M a r í a ó Colombmi. lamentando el final aburrido de la velada anterioi- se ofrece á cantar en o t r a ofrecimiento que no puede fer aceptado por! n es v i u d i t a porque aquel mismo día sale con su esposo para Li. sboa. ¡Cómo! ¿El cobarde, el miserable huye? Pues basta de comedia, basta de farsa: yo no my Colombiii Foy María Egipciaca 3 a criolla, la amíinte de Alberto, y ahora va usted á saber quién í se? e punto. -Y la ex viuda hubiera en el acto sabido á qué atenerse respecto á su marido, a n o interponerse el recuerdo de la madre de María, su penosa enfermedad, la miseria en que estaban y el socorro que recibieron de manos desconocidas y ¡mire usted qué demontre! -quien las había socorrido, con cien pesos por cierto, que la ex viuda tiene la delicadeza de recordar, fué precisamente ella, J u lia, la actual mujer de Alberto el asesino. ¿Cómo puede ya María hacer daño alguno Á sil bienhechor De n i n g u n a manera. Lo prudente es u n ataque al corazón y disponerse á rnorir á lo que e tamos. Alberto llega en aquel momento, ve en su casa á María, y t e m i é n d o l a s consecuencias quiere suicidarse. ¡A buena hora! l í o quien muere es ella, María. H a leído en u n folleto del Dr, Espina que h a de morir inmediatamente, y asi lo hace por no dejar mal al Doctor, y con el sentimiento úiiií o de no h ber podido co seguir que Alberto la escuche u n a sola coplita. Boque, el indio tllósofór. aunque manso, el eterno fumador de pipa, el que durante veinte años ha venido declarando á. María su pasión, júensa si será aquel el momento m á s oportuno para declararse nuevamente. AKGEL PONS. re de ColomMni, y seguida de su apasionado indio manso, que ahora hace de hermano, recorro los priucipales teatros del mundo, llegando á ser u n a estrella del arte. Del art- de lasnoplas. E n una de sas escurdone viene á Madrid, donde ya viven Alberto y la ex viudita española, que da reuniones, á nna de las cuales es invitada la famosa Colomhini. Llega el momento tau deíeadn por María XporquG todo lo h a urdido e l l a) de encontrarse cara á cara con su antiguo amantf; pero antes es éste advertido por K o q u ahoríi Jiogueíi. Alberto se pone en g u a r d i a conoce bien á María, y teme, sus impetuosi iades. Ésta, que ya andaba por la casa como dicen que Perico lo hacía por la suya, penetra, atrepellando á los criados, en la habitación fn que estaban Jioqueti y Alberto. Vengo, dice, á reclam a r lo que de derecho me corresponde; á que, como en otros tiempos, continiles oyéndome c a n t n r coplas. Sí no lo haces asi, cuento á t u mujec que en el motín de P a n a m á fuiste uno de los asesinos de su padre. -Aquello se ponía feo. Porque si amén de andar mal el negocio de la máquina de enhebrar oguias, que ya no la quería el Gobierno inglés, se enteraba ahora su mujer de cosa t a n grave, la separación era inevitable, y adiós posición, adiós dinero, y vuelta o t r a vez á ser u n capataz modestísimo. Alberto, siempre