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BLANCO Y xN EGRO 395 vada, c usa de tantos males. Alli estaba el nombre del barbilindo que lo robaba el cariño de su mujer. ¿Amor dijistf A. D. Eugenio le Imele aquejo á cve- uo q. nenia 3 c. y sin sabsr por qué se escama mucho, pero mucho. Él ha notado yo. la ii.i eva desaparicióu del Jibro, con RI que parece que se jupga al escondite, y por tanto, no le queda más asidero para saber el contenido de la carta que exprimir Ja luemoña del riojano. ¿Quiéu etcribe la cartaV Recuerde, recuerde usted. ¿Quién l- i firmaV ¿Qué dice? ¿A quién va dirigida? Oh, sobre todo eso! ¿A qúiénV El chico no recuerd. u psro á T. E igenio se le mete fn la cabexa qne EU mujer le engaña, si, y que le eng. iña con el seo etario. El bibliófilo quiere conservar el libro á cualquier precio, pero no és el escocés übrííbie iifcesitado do dinero ni que por él se deshníta de ninguna d sus obras, ot xit después del regateo don siguiente, hacen nn cambalaché, Don Eugenio se queda o 5i í incunable, y el sajón se lleva la famosa Reconstrucción histórica y. ffeógrd cade la Es- Es preciso tomar venganzn, venganza teirible, espantosa; para lo cual se sienta un ratito á refl xionar y monologar, pirque sabido es que estas cosa 6 hay que tomarlas muy de pa? io y esperarlas sentado. Tiene, si, tiene fundadísimos moiiros para sospechar de su secretario, pero nada más. Falta la evidencia, y él se propone aclíjuirirla pinchando el amor propio del pceta. Quien se ba dedicado á La Kecons: vcciéri. hhiórica y geogróiica de Xa España árabe, bien puede averiguar aquel hecho aislado de la España moderna, dÜL Llegó la hora de enteraráe. Don Eugenio hojea el libro, busca la carta, la lee, y efectivamente, era quien él había sospechado: el poetiUa de dos al cuarto, el secretario, que tan infamemente pagaba su protección y cariño. Pero el secretirio ha huido de la quema, como hombre á la moderna, y en aquellos momentos sale para Londres á encargarse de la secretaria de mister Beeders, que no sabemos si también es casado. Al que Je pinchan, salta, y algo de esto le qcuri- e al secietario, quien, en í oir cosas desagradables, y molestado porque D. Eugenio hace versos mejores que Jos suyos (j noten ustedes cómo D. Eugenio tenia aún humor de hacer coplitas) se despide dejando la seoi etaria, pero sin descubrir el enredo ni recoger la carta, que hace rato está pidiendo que la cojan. Mister Beeders viene por su libro; lo ha adquirido ya, y no quiere que nipór un momento más permanezca en otras manos que no sean las suyas. Pero llega, con su oportunidad acostumbrada en la ocasión precisa en que D. Eugenio que nuevamente había encontrado el hbro, ee dispone á examinarlo y con él la carta tan traída y Ik- Ya poco le queda que hacer, á D. Eugenio. Echa un sermoncito cariñoso á su mujer, ésta gimotea jin poco, y nada más. Y como moraleja de esta historia, ya lo saben ustedes: engañar á la mujer del primer amigo que se presente, y marchar en seguidita á Londres. Y todos tan campantes, -Es probado. AVGEL PONS,