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BLANCO MAMÁ. JuLlTA. MAMÁ. Yo. Julita, que me enfado. jQué lástima! ¡Estalia tan bien! Pero sube la marea. (Ya subió hace tiempo. Y NEGEO UNA OLA. 377 DeTriba 7i tI, o al salir á Julita, y haciendo tamhaleame á Valentm. ¡A coquetear á otra parte, mamarrachos! h V Jk- k III. El bañero cumplió su palabra y acudió á la hora del segundo expreso al andén á despedir á su adorada sirena. Yo me marchaba también, y los vi junto al reloj en animada conversación. Ella tenia humedecidos los ojos, que se limpiaba con un pañuelo, y él se secaba alguna lágrima de esas que llamamos furtivas, con el dorso de la mano. Iba descalzo, en señal sin duda de dolor. CTSonaron las campanadas, y corrió Julita hacia el vagón, donde la esperaba ya su mamá gritando: ¡Que te quedas, que te quedas! ¡Qué más hubiera querido la niña! Valentín se subió al estribo del coche y continuó chapuceando de palabra con su acuática cliente. ¡Ay, Valentín, se me olvidó el botijo! -exclamó la susodicha mamá, asomándose á una ventanilla lateral. ¿Podría usted ir en un momento á buscarlo? -Ya es imposible- -repuso Julita. Efectivamente, pitó la máquina, como protestando de la inconveniencia de aquella señora que hablaba de botijos en un momento tan serio y solemne en que sólo debía tratarse de pucheros, y el tren partió. EAPAEL G A R C Í A SANTISTEBAN. EíaT