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364 BLANCO Y NEGRO -No las he comido nunca- -exclamó Pajarete, que es un honrado padre de familia, empleado en una sociedad de crédito agrícola y asiduo concurrente al café antea citado. -Pues cuando usted quiera, puede usted venir á mi casa y las probará- dijo Mantecón, dirigiéndole una mirada protectora. -Muchas gracias- -balbuceó Pajarete. -Mi mayor delicia consiste en sentar á la mesa á mis amigos. Nada, nada; queda usted convidado. ¡Pues no faltaba más! Cualquier día de estos toma usted el camino de mi casa, y se viene á comer con nosotros; le trataremos á usted como de la familia. ¡Ya verá usted qué trufas! Me las traen exprofeso de Jericó. -De Perigord, querrá usted decir- -interrumpió uno de los presentes. -Siempre me equivoco- -dijo Mantecón ruborizándose interiormente. Pajarete aceptó el convite, y aquel día llegó á su casa lleno de júbilo. -Nemesia- -dijo á su esposa- -mañana no como aquí. ¿No? -Me ha convidado Mantecón, con mucha insistencia, para que conozca las trufas. ¿Y eso qué es? -Es una especie de ave que se cría en el extranjero. ¡Caramba! ¡Qué hombre tan rico debe ser el tal Mantecón! Lleva una sortija con un brillante, en el dedo pequeño, del tamaño de un albaricoque. Nos ha estado diciendo que en su casa usan el agua de Colonia á todo pasto. ¿La beben? -No, pero se lavan con ella, y puede que hasta la usen para fregar los cacharros. -Pues tú no vas á sentarte á la mesa de Mantecón con ese chaqué descolorido. -Ya se ve que no; pienso llevar la levita. -La levita ya no está decente, i Si quisiera prestarte tu cuñado la cazadora de veludillo I- -Pero ¿qué tiene mi levita? -Recordarás que la tenías puesta cuando comimos en casa de los de Vázquez, y se te cayó encima la fuente del arroz con leche. -Ya no me acordaba, es verdad; pero yo no le pido la cazadora á mi cuñado. Ya sabes cómo es. El día que le devolví la camiseta interior que me había prestado para asistir á la asamblea del partido, se presentó en la oficina hecho una fiera, y allí, delante de todos los empleados, me llamó Adán y sinvergüenza. ¿Y todo por qué? Porque se la devolví sin una manga. ¡Ya ves tú qué cosa tan sencilla! -No quiero que hagas mal papel en casa de Mantecón. Su mujer será alguna señorona de esas que se fijan hasta en la ropa interior de los convidados. -i Ya lo creo! ¡Si tuvieras qué calzoncillos usa Mante iaa iS con! ¿Se los has visto? -No; pero dice que se los hacen para él exclusivamente unas huérfanas de la calle de la Comadre. Ya ves tú si serán buenos. Entre Pajarete y su esposa estuvieron cerca de hora y media limpiando la levita con espíritu de vino, y él salió á comprarse un cuello postizo de punta doblada, y ella le planchó una chalina de rayas verdes y un pañuelo de las narices. Y llegó el día venturoso. -Nemesia, ábreme la raya por detrás- -decía